Los estudios bíblicos
católicos: la leyenda áurea[i]
P. Brian W. Harrison, O.S. [ii]
(Trad. para Gladius
del 6 mayo de 2007)
Según un viejo dicho la historia la escriben los
vencedores. La idea es que después de haber peleado una
guerra, aquéllos que surgiendo como los ganadores, tengan éxito controlando el
presente, pueden, en cierto sentido, controlar también el pasado. Pueden
asegurarse que los medios de comunicación dominantes presentarán la historia
del reciente conflicto desde su propio punto de vista pintándose, naturalmente,
como los héroes y a la oposición vencida como los malos. De hecho, resulta a
menudo deliciosamente fácil para los vencedores todopoderosos volver a escribir
esa historia de tal manera que su triunfo parezca no sólo justo y correcto,
sino también inevitable: ellos pueden
describirse a sí mismos como habiéndose simplemente movido junto con la cresta
de esas grandes ondas oceánicas del destino que se supone están constantemente
empujando la historia humana hacia delante en su progreso inexorable hacia
niveles aun más altos de madurez, libertad, prosperidad y esclarecimiento
científico. Tal reescritura de la historia, para abreviar, puede ser a menudo
un arma poderosa en esa ‘guerra cultural’ contra el secularismo racionalista en
que los católicos se han encontrado cada vez más sumergidos durante el último
siglo.
El Dr. E. Michael Jones, en varios escritos y conferencias recientes, ha
expuesto la manera en que las fuerzas alineadas contra los principios morales
cristianos hicieron devastadoras incursiones en el Catolicismo americano ― y en
general ― sobre todo a partir de la mitad de la década de los años 60 en adelante. Leyendo y escuchando a Jones, fui
sacudido por un notable paralelo cronológico que vino a iluminar mi
investigación de la reciente historia de los estudios bíblicos católicos.
Porque fue en los mismos años cruciales ― aproximadamente entre 1962 y 1967 ―
cuando lo que podría llamarse una revolución racionalista se anotó
varias victorias estupendas que le dieron el mando eficaz de todas las
principales instituciones católicas que promueven los estudios de las
Escrituras, empezando con la misma cima: el Instituto Bíblico Pontificio en
Roma. Las convicciones católicas consisten básicamente en juicios sobre ‘la fe
y la moral’ y parece como si la estrategia del pensamiento cultural del
Iluminismo de mitad de los ’60 tomara la forma de un ataque conjunto sobre ambos polos. Jones ha
estado documentando el ataque sobre los principios morales, pero el ataque
simultáneo sobre la fe en esos años, socavando considerablemente la
credibilidad de las fuentes de la fe en la Sagrada Escritura, es una historia
que todavía no se ha escrito. Durante y después de ese ataque, la técnica de
volver a escribir la historia, sobre todo vía la manipulación y la cita
selectiva de documentos del Magisterio católico, ha jugado un papel principal
ganando y manteniendo de facto la
aceptación de esta revolución por parte de los pastores de la Iglesia.
Estos eventos de los años sesenta no fueron de ninguna manera
los primeros en los cuales los estudios bíblicos jugaron un papel en la guerra
cultural. En otro artículo publicado en Culture Wars en diciembre de
1996, Beaumont y Walsh expusieron la manera en que se fomentaron tendencias
anti-papales en el estudio del Evangelio de Mateo en los niveles más altos de la
educación alemana, como parte de la lucha cultural (Kulturkampf) de Bismarck de hace más de un siglo atrás. Pero la
situación presente es, creo, todavía más crítica; éste es el punto principal
que deseo presentar en este artículo. De hecho,
creo que sería difícil exagerar la gravedad de la situación que confrontamos. La premisa sobre la cual se basa mi artículo
es que en los últimos treinta y cinco años los estudios católicos ortodoxos sobre la Escritura no han simplemente perdido una batalla
mayor; han perdido una guerra entera. Ellos han sido devastados y casi
completamente borrados del mapa. Las escuelas
bíblicas disidentes,
neo-modernistas y racionalistas, han estado firmemente, desde los años sesenta, al mando de casi todas las
principales instituciones católicas de enseñanza superior y ello está
claramente insinuado (aunque no abiertamente explicado hacia afuera) incluso en
los recientes documentos de la Comisión Bíblica Pontificia, aquel cuerpo
augusto de veinte o más exegetas [estudiosos de la Escritura] de máximo nivel
en el mundo que aconseja al Magisterio de la Iglesia en las materias bíblicas. No
perderé tiempo ni espacio aquí justificando documentalmente este oscuro diagnóstico del
estado presente de los asuntos; es, como lo digo, una premisa que está por
debajo del resto de lo que tendré que decir. Mi punto principal es que esos
progresistas triunfalmente victoriosos son los que han estado escribiendo ― o
volviendo a escribir ― casi todos los documentos históricos disponibles acerca
de los recientes desarrollos en los estudios católicos de la Escritura. Y deseo
ofrecer algunas reflexiones críticas sobre esta lectura convencional de tal
historia.
Antes de ir más lejos, sin embargo, debo definir mis términos un poco
más precisamente. Cuando hablo de ‘estudios católicos ortodoxos de la
Escritura’ quiero decir estudios gobernados estrictamente por ese cuerpo
coherente de enseñanza magistral que fue establecido en las grandes encíclicas
bíblicas del último siglo y por la Constitución del Vaticano II sobre la
Revelación Divina, Dei Verbum ―
interpretada, como debe ser, en armonía con esas encíclicas. Entre los
principales puntos recalcados en este cuerpo de enseñanzas papales y
conciliares están los siguientes: Primero, la Sagrada Escritura está libre de error
en todo lo afirmado por los escritores sagrados, sin tener en cuenta de qué asuntos se traten. Una y otra vez el
Magisterio ha insistido en que ningún intérprete
católico puede atreverse a restringir la inerrancia bíblica a los tipos de
afirmaciones que él piensa tienen algún valor religioso o ‘salvífico’, mientras
permiten la posibilidad de errores bíblicos en otros asuntos supuestamente
‘profanos’; porque, como lo afirma el Vaticano II,[1]
todo lo afirmado por los escritores
humanos de la Biblia es afirmado por el mismo Espíritu Santo. Eso es
precisamente lo que la inspiración divina de la Escritura significa. En segundo lugar,
la Escritura debe interpretarse en acuerdo con la Sagrada Tradición, en
particular, el consenso unánime de los primeros Padres y las declaraciones del
Magisterio de la Iglesia; y en tercer lugar, mientras la identificación de los
precisos géneros literarios de algunas partes de la Biblia puede debatirse
legítimamente, los cuatro Evangelios, del comienzo al fin, definitivamente
pertenecen al género literario de la historia en el sentido fuerte y pleno de
esa palabra. Como lo dice el Vaticano II, los Evangelios ‘siempre’ (semper) nos dicen ‘la pura verdad’ sobre
Jesús, transmitiendo ‘fielmente’ eso que él realmente hizo y dijo para nuestra
salvación hasta el día de su Ascensión. [2]
Cuando yo digo que los estudios católicos ortodoxos de la Escritura ha perdido
una guerra entera a partir del Vaticano II, lo que quiero decir es que usted encontrará
ahora muy pocas facultades teológicas católicas en el mundo dónde los
profesores de Escritura clara, consistente e inequívocamente sostengan todos
esos tres puntos.
Llego ahora al tema principal de mi ensayo, al cual he subtitulado
‘Desmitologizando la Leyenda Áurea.’ Aquí también corresponde explicar los
términos usados. No hay probablemente ninguna otra palabra que apunte con mayor
precisión al problema central de los estudios bíblicos en el vigésimo siglo que
la palabra ‘desmitologización.’ Es una palabra que primero entró en la boga en
los círculos protestantes liberales, sobre todo como resultado de la lectura
radical, existencialista de la Escritura promovida por el exegeta alemán Rudolf
Bultmann.
La idea central es que el hombre ‘científico’ moderno ya no puede
aceptar literalmente la visión del mundo de la Biblia ― una visión del mundo
que incluye la creencia en intervenciones sobrenaturales y preternaturales en
el mundo de nuestra experiencia: visiones, milagros, profecías cumplidas,
posesiones demoníacas y exorcismos, apariciones de ángeles portando mensajes
desde el Cielo, y lo demás. ¿Si encontramos que tales fenómenos son increíbles,
debemos entonces abandonar la creencia en la Biblia como la Palabra de Dios?
Eso podría parecer el paso honrado y lógico a dar ― uno que muchos ateos y
escépticos han dado a lo largo de los siglos. El teólogo ‘desmitificador’, sin
embargo, no ve en absoluto la necesidad de semejantes respuestas drásticas de la
ciencia moderna a las visiones (o supuestas visiones). Su solución propuesta es
que en lugar de negar la verdad de la Escritura, simplemente debemos
reinterpretar la Escritura. Por un lado, así nos dice, debemos reconocer que
esos relatos bíblicos de intervención sobrenatural en el cosmos son de hecho
míticos, desde que la ciencia moderna los descarta. Por otro lado, estos mismos
relatos deben ser valorados y apreciados por su profunda importancia
espiritual: ellos deben entenderse como expresando, en el tipo de ropaje
literario que era apropiado para una cultura ingenua, pre-científica, las
insondables verdades sobre la realidad divina y humana. El ‘lenguaje’
milagroso, sobrenatural, según el desmitologizador, es meramente como una
cáscara exterior que necesita ser rota y penetrada por los cristianos modernos
para extraer el sustento de la fruta que se encuentra escondido dentro de él.
Habría mucho para decir ― y se ha dicho repetidamente ―
criticando este tipo de exégesis bíblica, pero mi propósito aquí es no
concentrarme en las cuestiones específicas de la interpretación bíblica, sino
alegar que esos estudiosos que, dentro de la Iglesia Católica, promueven interpretaciones desmitologizadoras de la Biblia han estado
ocupados produciendo su propio mito ― un mito que se hace pasar por la historia
de los estudios bíblicos católicos, y sobre todo de las enseñanzas papales
sobre la Escritura, durante los últimos cien años o más. Ya que este mito es
una historia que suena dulcemente ― una historia de iluminación y progreso
siempre creciente que culmina en un fin venturosamente feliz ― he decidido
llamarlo “La Leyenda Áurea.” Pero a pesar de toda su dulzura y luz, me parece
que tuerce tanto la historia como la doctrina del católico. Por consiguiente,
como el título de este artículo lo indica, creo que lo que parece necesitar una urgente
desmitologización no
es la propia Biblia, sino esta Leyenda sobre los supuestos adelantos modernos
en la enseñanza del magisterio católico sobre los estudios bíblicos. En otros
términos, necesitamos desmitologizar a los propios desmitogizadores.
Permítame presentar los elementos principales de la Leyenda Áurea, tal
como es expuesta ahora en casi todas nuestras instituciones de la Iglesia. A lo
largo del mundo católico hoy, desde los escalones augustos de la Comisión
Bíblica Pontificia hasta vuestro humilde maestro de Escritura al nivel
universitario, de la escuela secundaria, o parroquial o en las clases de
educación para adultos, la venerable tradición – ahora ya de más de treinta o cuarenta
años ― es transmitida fielmente disintiendo escasamente alguna voz. Uno
constantemente lee y oye la misma saga épica de oscuridad y luz, colmada de los
mismos villanos y los mismos héroes.
Al principio (según la Leyenda) la Iglesia católica yacía amortajada en
la oscuridad de la ignorancia y la confusión con respecto a la interpretación
de sus propios Libros sagrados. Es decir, durante unos buenos dieciocho o
diecinueve siglos después de la fundación de la Iglesia, nadie ― ni aun los
grandes santos, Padres, Doctores y Papas ― realmente entendió la clave para
leer e interpretar la Biblia correctamente: todos ellos adoptaron lo que se
llama ahora incondicionalmente un acercamiento ‘pre-crítico’ a la Escritura o
incluso ‘fundamentalista’.[3] Los primeros
vislumbres de la luz que empezó a brillar en la Alemania del siglo diecinueve
fueron extinguidos rápidamente por los líderes de la Iglesia obscurantista que
estaban decididos a perpetuar esta larga noche ‘pre-crítica’. Entonces vino la
Estrella de la Mañana, en la persona de Papa León XIII, quién anunció el alba
del esclarecimiento bíblico científico marcada por el hito de su encíclica Providentissimus Deus (1893). No
obstante este amanecer fue demorado por más oscuridad y las frías horas de la
reacción opresiva, gracias a la lamentable campaña anti-modernista lanzada por
el Papa Pío X en los primeros años de este siglo. Los exegetas católicos
visionarios como el P. Joseph-Marie Lagrange OP tenían que sufrir algún tipo de
martirio en esos años represivos durante los cuales la guardiana Comisión
Bíblica Pontificia ― que en ese momento funcionaba como un brazo del Magisterio
― emitió una serie de decretos reforzando las interpretaciones anticuadas y pre-críticas
de la Biblia. En 1920 el Papa Benedicto XV reforzó esta atmósfera negativa y
sofocante de sospecha vigilante hacia los estudiosos bíblicos con su Encíclica Spiritus Paraclitus. El resultado de
todo esto fue que el progreso bíblico católico se frenó en un momento cuando la
exégesis protestante, liberada de las demandas de una jerarquía autoritaria y
anochecida, estaba adelantando libremente a pasos agigantados.
Al fin, en 1943, finalmente llegó el alba. El nuevo Sucesor de Pedro, el
Papa Pío XII, trajo con él una alegre y liberadora salida del sol promulgando
su encíclica sobre la Sagrada Escritura, Divino
Afflante Spiritu que lo convirtió de hecho nada menos que en un Gran Líder Revolucionario,
valientemente decidido a abrir las puertas a los estudiosos bíblicos católicos
que sus predecesores habían mantenido firmemente cerradas. En realidad el propósito principal de
la encíclica de Pío XII habría sido advertir a los extremistas católicos
conservadores sobre la necesidad de abrir más la mente y sospechar menos de las
nuevas visiones de la crítica bíblica moderna. Poco después de su muerte en
1958, es verdad, los reaccionarios poderosamente atrincherados (guiados por el
Cardenal Alfredo Ottaviani del Santo Oficio) se las ingeniaron, por
breves momentos, para eclipsar el sol inexorablemente
ascendente en un desesperado esfuerzo de último minuto para arrastrar a la
Iglesia católica hacia atrás, a la oscuridad fundamentalista.[4] Al mismo tiempo, sin
embargo, muchos exegetas pioneros e intrépidos resistieron estas medidas
obscurantistas y audazmente se aventuraron hacia adelante por las nuevas sendas
bíblicas abiertas para ellos por el Gran Líder, a fin de anotarse una
aturdidora y firme victoria el 18 de noviembre de 1965, en la Batalla del
Vaticano II. En ese día, la promulgación de la Constitución del Concilio sobre
la Revelación Divina, Dei Verbum,
habría introducido en la era presente de la perpetua luz del sol del mediodía
en que los estudios bíblicos católicos ‘científicos’ continuarán calentándose irreversiblemente
hasta el Día del Juicio (o cualquier otra cosa que resulte de la versión
desmitologizada).
Esto, en trazos esenciales, es lo que yo llamo la Leyenda Áurea. Claro,
ya que describiéndolo así estoy empleando el género literario de la sátira,
usted no debe asignar a mis palabras una interpretación servilmente literal y
fundamentalista. Sin embargo, puedo asegurarle que cualquier exageración de la
que yo pueda ser culpable es sólo leve. La perspectiva que está prevaleciendo
hoy entre nuestros estudiosos bíblicos ― incluso en los más altos y
prestigiosos niveles ― es en los hechos de
carácter emocional y polémica, que ve la historia de los estudios católicos de
la Escritura durante el último siglo en términos rigurosamente en blanco y
negro. Los ‘buenos tipos’ son los exegetas liberales y progresistas que
promueven esta mezcolanza heterogénea de procedimientos racionalistas y
presunciones que normalmente se amontonan juntos bajo el paraguas titulado
‘método histórico-crítico’ y que llevan a la conclusión
que muchísimos pasajes bíblicos tradicionalmente entendidos como verdaderamente
históricos son más o menos míticos. Los ‘malos tipos’ por otro lado, son los
conservadores, los tradicionalistas o los católicos ‘fundamentalistas' que en
cada etapa durante el último siglo se han negado a aceptar el esclarecimiento
de los nuevos expertos bíblicos, y quienes hoy continúan registrando su
disentimiento del acuerdo general moderno en publicaciones como The
Wanderer, This Rock, and the Homiletic
& Pastoral Review. El
exponente americano más prominente de la Leyenda Áurea de los últimos treinta
años ha sido probablemente el difunto P. Raymond Brown, miembro de la Comisión Bíblica Pontificia y uno de los
pilares del liderazgo bíblico post-conciliar. Él retrata mordazmente a
los católicos ‘pre-críticos’ como ‘El Enemigo’ en palabras de ningún modo
inciertas, denunciando a sus representantes con los epítetos de ‘vigilantes
derechistas’, ‘literalistas’, ‘extremistas de derecha’ y ‘editorialistas fundamentalistas
y escritores de columnas periodísticas’. [5] Y sigue, acusando a tales críticos de
constituir ‘un peligro para el continuo progreso de los estudios bíblicos
católicos de este siglo’, ya que amenazan ‘frustrar la visión de Pío XII quién
bien puede presentarse como el Papa-teólogo más grande del siglo’.[6]
Críticas similares fueron hechas por otra luminaria del firmamento
bíblico post-conciliar, el P. Joseph Fitzmyer, S.J., Profesor Emérito de
Sagrada Escritura en la Universidad Católica de América, quien ha llegado hasta
criticar abiertamente al Papa Benedicto XVI por
‘insistir en la inerrancia’ de la Escritura’.[7]
Ciertamente, no podría haber en la práctica ningún otro síntoma más elocuente del malestar que
aflige a los estudios
católicos contemporáneos de la Escritura que el
hecho de que
un miembro principal de la Comisión Bíblica Pontificia puede no sólo describir
la ‘insistencia’ en la inerrancia bíblica como algo digno de reproche en lugar
de alabanza, sino que además puede hacerlo sin disculpas o explicaciones,
suponiendo tranquilamente que la gran mayoría de sus lectores estará de acuerdo
con él. De hecho mientras el documento de 1993
de la propia Comisión Bíblica pretende inspeccionar el entero ‘estado de la cuestión’
sobre los estudios bíblicos católicos en el siglo que siguió a la encíclica
inicial del Papa León XIII sobre las Escrituras, el mismo ni siquiera menciona la
inerrancia salvo, significativamente, en la breve pero muy polémica sección
dónde denuncia al ‘fundamentalismo’ como la mayor amenaza de hoy al progreso de
los estudios bíblicos.[8] La creencia en la
inerrancia bíblica se presenta aquí como una característica típica de
‘fundamentalistas’.[9]
El retrato del Papa Pío XII como un
liberal o incluso un innovador revolucionario en materia bíblica, probablemente
es el aspecto de la Leyenda Áurea que requiere de manera más urgente su desmitologización, porque no sólo
distorsiona seriamente la posición de ese gran Pontífice; también es el
instrumento principal
de la respetabilidad actual de la Leyenda en su conjunto. Para ver cómo este
mito empezó a tomar forma, necesitamos regresar al año 1960, cuando una
controversia feroz sobre este punto hizo erupción en el corazón mismo de la
Iglesia. Aquéllos que están familiarizados con la literatura sobre Fátima
sabrán que ese año fue mencionado por Nuestra Señora en una locución a sor
Lucía en 1946 en relación con el famoso ‘Tercer Secreto’: María le dijo a la
monja portuguesa que el secreto debe hacerse conocido en el año 1960. Y cuando
Sor Lucía le preguntó que por qué tenía que ser en particular ese año, nuestra
Bendita Madre simplemente contestó que la situación sería más ‘clara’ entonces.
Ya que 1960 realmente resultó ser un año relativamente silente por lo que se
refiere a los eventos globales en la Iglesia y el mundo, muchos de nosotros nos
hemos preguntado por qué fue [dicho año] singularizado en esta profecía. Yo
sugeriría, a título de una especulación completamente personal, que quizás por
lo menos una de las cosas que Nuestra Señora tenía en mente prediciendo que
algo de importancia crítica se vería ‘más claramente’ en el año 1960 era la
serie de eventos que estoy a punto de relatar — eventos que han permanecido casi desconocidos a todos los
católicos excepto para unos pocos especialistas en la historia de los estudios
bíblicos. Su importancia surge del
hecho que ellos revelaron (para aquéllos que tenían ojos para ver) la grave
magnitud del daño hecho a los fundamentos de la fe católica por la corriente
bíblica radical y racionalista, pavimentando así el camino a la explosión de
herejía y confusión que ha devastado la Iglesia en los últimos treinta y cinco
años.
Ya durante la década de los años cincuenta, las principales líneas de la
‘Leyenda Áurea’ eran difundidas quedamente de boca en boca a lo largo del mundo católico,
en las aulas de los seminarios ‘progresistas’, en las salas de profesores y en
seminarios de Sagrada Escritura para estudiantes progresistas, de amplias
miras. Para usar la terminología que los críticos bíblicos aplican al Nuevo
Testamento, podríamos describir este proceso diciendo que antes de que la
redacción escrita estándar de la ‘Leyenda Áurea’ comenzara a emerger, ya estaba
tomando forma en la manera ‘kerygmatica’ de predicar y en la tradición oral.
Entonces, en el mismo centro de la ciudadela — en la propia Roma —
sólo dos años antes que empezara el Concilio Vaticano II, esta tradición en
vías de desarrollo fue audazmente proclamada en un impreso. Un artículo de 12
páginas del P. Luis Alonso Schoekel, S.J., un exegeta español que enseñaba en
el Instituto Bíblico Pontificio, fue publicado como editorial del número
correspondiente al 3 de septiembre de 1960, del prestigioso periódico jesuita
romano, La Civilta Cattolica,
titulado Dove va l'esegesi cattolica? (“¿Adónde apunta la
Exégesis católica?”), el histórico editorial del P. Alonso subrayó la creciente
difusión de la nueva ‘amplitud’ de los estudios bíblicos supuestamente
promovida por el Papa Pío XII en Divino
Afflante Spiritu y en respuesta a la pregunta propuesta por el título,
profetizó (y como resultaron las cosas, con bastante precisión) el creciente
predominio de esta escuela ‘ampliada’ por sobre la escuela ‘estrecha’ o
‘conservadora’ que se decía que había prevalecido en la exégesis católica
anterior a 1943.
Es de hacer notar, claro, que el manifiesto del P. Alonso para la nueva
era bíblica no apareció hasta después de la muerte (en 1958) del Papa
supuestamente liberal en cuya alabanza y honor fue publicado. ¿Había quizás
algún indicio, estando todavía Pío XII vivo y activo, de que el Pontífice que
había presentado la encíclica Humani
Generis sólo unos años después de la Divino
Afflante Spiritu, podría sentirse menos que entusiasta al verse presentado
como el campeón y el primer fautor de una Iglesia ‘más amplia’ y de la mayoría
de las tendencias innovadoras en los estudios bíblicos? La Humani Generis, después de todo, era realmente lo contrario
de una ‘encíclica liberal’: el Papa Pío XII la promulgó en 1950 precisamente
para denunciar las tendencias peligrosas y modernistas en las teologías y
exégesis bíblicas recientes. De todos modos, toda cautela por parte de
la élite liberal fue abandonada y echada a los vientos después de la muerte del
Papa. Y lo que podríamos llamar la creatividad teológica de la comunidad
exegética ha continuado desarrollando el kerygma primitivo a la luz de su
experiencia post-Vaticano II, al punto que hoy las versiones ‘canónicas’ de la
‘Leyenda Áurea’ le aplican libre y abiertamente a la Divino Afflante Spiritu el adjetivo que el P. Alonso sólo pudo
insinuar en 1960: el P. Fitzmyer, en los años noventa, nos asegura que ‘la
encíclica de Pío XII... era, de hecho, revolucionaria’. [10]
Sin embargo, en cuanto la versión original de la ‘Leyenda Áurea’ del P.
Alonso, todavía en una forma menos desarrollada, salió de la imprenta, ella fue convincentemente refutada por un formidable guardián
romano de la ortodoxia bíblica capaz de advertir
que el editorial de Alonso, a pesar de su
fraseología diplomática, estaba aprovechándose del nombre y autoridad de Pío
XII para arrojar el guante abiertamente a la entera tradición bi-milenaria de
la exégesis católica. Éste era Mons. Antonino Romeo, un estudioso de la
Escritura que en ese momento era un funcionario de la Sagrada Congregación para
los Seminarios y Universidades.[11] En su sabia refutación, elocuente e
indignada, al P. Alonso en el número de diciembre de 1960 de la revista teológica
Divinitas, publicada por la
Pontificia Università Lateranense,[12]
Romeo no tuvo dificultades para mostrar cuán débil era la evidencia histórica
aducida por el joven profesor del Instituto Bíblico en apoyo de su tesis.
La afirmación más provocativa del editorial de Alonso Schoekel era que
ya en 1943, Pío XII mismo «estaba muy
conciente de la apertura de una puerta nueva y ancha a través de la cual
estarían entrando muchas novedades en los recintos de la exégesis católica ―
novedades que habrían sorprendido a
mentes excesivamente conservadoras». [13]
En apoyo de esa afirmación, Alonso tuvo necesidad de encontrar
algunos estudiosos bíblicos ‘excesivamente conservadores’ de pre-guerra a
quienes él podría señalar como ser representantes de las tendencias
oficialmente aprobadas y dominantes en la exégesis católica antes del tiempo de
Pío XII. Pero, como lo demostró Romeo, para hacer esto Alonso había apelado a
caricaturizar y sacar de contexto ciertos escritos de tres grandes estudiosos
bíblicos de principios del siglo, los Padres Billot, Murillo y Fonck.[14] Y, cuando llegó el
momento de desenterrar casos de tesis bíblicas específicas a las que el
Magisterio les hubiese previamente ‘cerrado’ las puertas, que habían sido ahora
‘abiertas’ en virtud de la Divino
Afflante Spiritu, ¡Alonso fue incapaz de citar un solo ejemplo! Mencionó la
creencia en la tardía paternidad literaria del Libro de Eclesiastés (es decir,
centurias después de la muerte del Rey Salomón)[15] como una tesis que, así lo afirmaba
él, sólo había sido gradual y cautamente admitida en los años de pre-guerras.
Pero además de que aún durante los años
mas severos del período anti-modernista, el Magisterio nunca censuró dicha
tesis, la superior erudición de Mons. Romeo le permitió citar diez exegetas más
del periodo anterior que abiertamente la sostuvieron, además de los dos que
Alonso conocía y alababa como pioneros aislados y audaces.[16] Alonso también insinuó que una de las
‘novedades’ ahora autorizadas a entrar por las puertas exegéticas, gracias a la
Divino Afflante Spiritu, fue el
permiso para cuestionar la historicidad plena y literal del Libro de Judith.
Pero de nuevo, Romeo señaló que el género literario de este libro había sido
reconocido mucho tiempo antes como oscuro y discutible por los autores
católicos reconocidos antes del tiempo de Pío XII: ya en 1933, el renombrado
estudioso bíblico G. Ricciotti «pudo
escribir... con plena aprobación eclesiástica: ‘Hoy los estudiosos de cada
especialidad están de acuerdo como mínimo en esto, que el Libro de Judith no
tiene ningún sentido si lo interpretamos literalmente’».[17]
Romeo también dio testimonio personal, como alguien que
realmente había estado en el Instituto Bíblico en Roma durante el periodo en el
cual Alonso (décadas después y sin tal experiencia) sostuvo que a los exegetas
católicos se los había mantenido en sumisión y temor a la autoridad de la
Iglesia. Esta afirmación, dijo Romeo, era infundada: «Para que conste, el presente escritor atestigua que en el Instituto Bíblico
Pontificio, antes del 30 de septiembre de 1943, nadie era consciente de este
clima de miedo y desaliento entre los exegetas».[18]
Recordó que por el tiempo que la Divino
Afflante Spiritu fue publicada nadie pensó que hubiese algo particularmente
‘liberal’ o ‘revolucionario’ en ella (esto apenas sorprende ante el hecho que
Pío XII insistió repetidamente en la primera parte de su encíclica que él deseó
confirmar y reforzar todo lo que sus predecesores desde León XIII habían
señalado con respecto a los estudios de la Escritura).[19]
En respuesta a la versión de Alonso Schoekel de la historia reciente Romeo
escribió: «En 1943 nadie notó ningún
cambio de dirección. La iluminadora Encíclica Divino Afflante Spiritu
continuamente habla de la gloriosa Tradición sobre la cual siempre descansó la
exégesis católica. Cuando nos anima a que hagamos mayores progresos en las
ciencias exegéticas, constantemente apunta a la manera ya indicada por los
exegetas anteriores y el ejemplo resplandeciente de los Padres».[20]
Incluso estudiosos que ulteriormente se volvieron bastante más (o más
abiertamente) liberales en su exégesis no pudieron, en el periodo
inmediatamente después de la promulgación de la encíclica de Pío XII, encontrar
ante algo en él que permitiese lo
hasta entonces prohibido. El P. Jean Levie SJ, hacia
el final de los años cincuenta se volvió popular como un estudioso biblista
decididamente ‘progresista’ y fue criticado severamente por Romeo en el
artículo de 1960 que estamos comentando por su descuidado acercamiento al valor
histórico de la Biblia. Pero en su propio comentario sobre la Divino Afflante Spiritu que publicó en
1946, Levie no hizo ninguna afirmación acerca de que ella estuviera abriendo
cualquiera de las puertas hasta entonces cerradas ― y mucho menos que Pío XII
se hubiese propuesto conscientemente abrirlas. [21]
El
argumento más poderoso de Mons. Romeo contra el P. Alonso Schoekel era su
apelación al comentario de mayor autoridad sobre la Divino Afflante Spiritu que se haya publicado alguna vez: un artículo
del Padre (más tarde Cardenal) Agustin Bea que apareció mucho tiempo atrás, en 1943, en La
Civilta Cattolica, en el mismo número donde apareció la propia nueva
encíclica papal. Bea era en ese momento el Rector del Instituto Bíblico
Pontificio y estaba en constante contacto personal con el Papa Pío XII en
virtud de ser su confesor. Es más, era un secreto a voces en Roma que Bea fue
el principal experto empleado por el Papa para delinear la encíclica. Por
consiguiente, nadie estaba en mejor posición que el P. Bea para exponer lo que
el Papa estaba queriendo decir y sus intenciones en ese documento; y la
publicación de su comentario junto con la misma
encíclica claramente indicaba la gran confianza de la Santa Sede en su
habilidad de explicarlo correctamente. Pero, como Romeo lo señaló en su propio artículo diecisiete años después, el comentario de Bea no
hizo la más ligera indirecta acerca de que Pío XII tuviera alguna intención de
‘abrirles nuevas puertas’ a los estudiosos bíblicos que hubiesen estado
previamente cerradas por sus predecesores en la Cátedra de Pedro. Al contrario:
Bea comenzó su artículo insistiendo en que la encíclica Providentissimus de León XIII en 1893, cuyo 50º aniversario dio
ocasión para publicar la nueva encíclica de Pío XII, «fijó para todos los tiempos las líneas fundamentales de los estudios
bíblicos en la Iglesia católica».[22]
Y resumiendo sus comentarios, Bea describió a la Divino Afflante Spiritu con términos igualmente conservadores: «su doctrina entrará ciertamente en la serie
de esos documentos pontificios que seguirán siendo la guía y norma de la
enseñanza bíblica para siempre».[23]
En respuesta a la devastadora crítica de Mons. Romeo al P. Alonso
Schoekel, los profesores del Instituto Bíblico Pontificio cerraron filas alrededor
de su sitiado colega, dejando claro que ellos consideraron que su institución
entera estaba bajo fuego. (En este momento del naciente resurgimiento liberal
después de la muerte de Pío XII, Romeo había aprovechado la oportunidad para
criticar no sólo a Alonso sino también a otro exegetas, incluyendo a dos
profesores más del Instituto Bíblico). Rápidamente apareció en el periódico del
Instituto, Verbum Domini un artículo
en latín sólo ‘firmado’ por las iniciales del propio Instituto y de menos de un
cuarto de longitud del artículo de Divinitas
al que estaba contestando.[24] No intentó refutar ninguno de los
argumentos sustantivos de Romeo contra la tesis central de Alonso, a saber, el
esfuerzo por volver a escribir la historia introduciendo una cuña entre la
encíclica de Pío XII y todas las declaraciones anteriores del Magisterio sobre
la Sagrada Escritura, a la vez que minimizar la gravedad y permanente
relevancia de la denuncia posterior del mismo Pontífice en Humani Generis sobre las peligrosas novedades exegéticas.[25] En cambio los profesores del
Instituto Bíblico optaron por una respuesta que demostró ser un golpe maestro
de relaciones públicas ― uno que dio vuelta la tortilla eficazmente contra
Romeo y ayudó a asegurar que la ‘Leyenda Áurea’ se
consolidase, por decirlo así, como la versión cuasi-oficial de la Iglesia del
supuesto progreso hecho en los estudios bíblicos católicos del siglo veinte. Lo
que los profesores hicieron fue desviar la atención sobre los argumentos
centrales de Romeo para presentarse como las víctimas de una calumnia gratuita
y obscurantista. Identificaron varios puntos bastante secundarios en los cuales
su atacante hasta cierto punto interpretó mal algunos de los escritores que él
estaba criticando, e insinuaron que esto era intencional y malévolo. También se
agarraron de varios pasajes en donde Romeo se había permitido dejarse llevar un
poco lejos por la indignación, al punto de hacer algunas imputaciones respecto
de las cuales él no podría proveer prueba documentada.
El Instituto Bíblico encontró un blanco fácil para el ridículo, por
ejemplo, en un apasionado y aparentemente exagerado pasaje en donde Romeo dejó
en claro que él consideró el artículo de Alonso como meramente la punta visible
de un inmenso iceberg de exegética modernista oculto en las facultades
teológicas católicas a lo largo del mundo. Él denunció terminantemente que el
conjunto de los estudios bíblicos católicos contemporáneos estaba siendo minado
desde dentro por una verdadera conspiración de disentimiento desde lugares
eminentes.
Después de evocar la alarma que sonó en la Humani Generis contra las tendencias respecto de las cuales Pío XII
declaró que estaban «amenazando subvertir
los fundamentos de la doctrina católica», Romeo continuó: «En Roma y a lo largo del mundo hay un taller
entero de actividad incesante de termitas que carcomen febrilmente en las
sombras. Esto nos compele a intuir la presencia activa de un plan completo de
engaños dispuestos a desintegrar esas doctrinas que forman y nutren la fe
católica. Un número cada vez mayor de indicios en el aire que vienen desde
diferentes partes revelan el gradual despliegue de un plan de manipulación
amplio y progresivo, bajo la dirección sumamente capaz de hombres aparentemente
devotos, calculado para desarraigar la Cristiandad como ella ha sido conocida y
ha vivido durante 19 siglos para reemplazarlo por un Cristianismo de la ‘nueva
era’».[26]
El Instituto Bíblico sólo necesitó citar este ‘pasaje provocativo’ con
un aire de dolida y sofisticada incredulidad respecto de la ‘visión
apocalíptica’[27] de Romeo para desacreditarlo
completamente ante los ojos de muchos lectores influyentes. ¿Después de todo,
no es acaso uno de los típicos elementos de la modernidad ilustrada el
reconocer algo con algún sabor a ‘teorías de conspiración derechistas’ como
evidentemente ridículo, para no ser así refutado con razones y
contra-argumentos, sino simplemente con una sonrisa inteligente y un gesto
desdeñoso de la mano? No obstante, fuera el iceberg tan peligroso y malévolo
como Romeo lo pensó o no, la realidad de que un iceberg estaba de hecho allí bajo la superficie lo
confirmó la reacción misma de los profesores del Instituto Bíblico. Después de
todo, sólo dos o tres de ellos habían sido criticados por Romeo; pero
evidentemente la facultad entera de veinte o más se sintió aguijoneada por sus
púas y ahora se levantó como un solo hombre para resistirlo. En la práctica, la
carta de triunfo de ellos fue presentar evidencias acerca de que la mayoría de
los biblistas católicos actuales favorecían la tendencia denunciada por Romeo ―
es decir, la apelación a la encíclica de Pío XII sobre las Escrituras para
justificar interpretaciones cada vez mas amplias y menos rigurosas de la
inerrancia e historicidad de la Biblia ― de manera que su acusación a unos
realmente resultó ser una acusación a la exégesis católica contemporánea en su
conjunto. Después de citar el pasaje de Romeo sobre la ‘conspiración’, los
profesores les comentaron a sus lectores: «Usted
estará preguntándose justamente, si habrá quedado finalmente afuera algún
exegeta contemporáneo, de acuerdo con el criterio de Romeo, que ‘no’ esté
implicado en esta conspiración mortal y prácticamente diabólica».[28] Luego continuaron dando una lista que
lucía impresionante con altas autoridades eclesiásticas, renombradas
instituciones católicas, revistas bíblicas respetadas y grupos de exegetas
profesionales que habían apoyado abiertamente esos trabajos de los profesores
Jesuitas Maximiliano Zerwick y Jean Levie a los cuales Romeo estaba acusando entonces
como modernistas y poco ortodoxos. [29]
Para abreviar, la teoría conspirativa de Romeo pudo no haber estado
lejos de la verdad. El tipo de
exégesis resbaladiza, barranca abajo, denunciada en Humani Generis había, parece, continuado extendiéndose calladamente
entre los estudiosos durante los años cincuenta, pero se había mantenido más o
menos fuera de impresión y fuera de la vista mientras el severo y vigilante Pío
XII permanecía al timón de la barca de Pedro. Cuando, poco después de la muerte
de Pío XII, Mons. Romeo y unos pocos [30] golpearon la punta del iceberg, la
gran masa de abajo empezó a subir a la superficie. ¡Esta nueva elite emergente
estirando, flexionando sus músculos y tomando nota de su poder latente, podía
ahora eximirse de la difícil (si no imposible) tarea de refutarles a los
estudiosos como Romeo con capítulo y versículo de la Escritura y el Magisterio
y se sentía libre de ‘argüir’ con una simple muestra de poder: ‘¡Estamos en
todas partes! ¡Métase con uno de nosotros y usted deberá meterse con
todos!"
Los resultados inmediatos de este
conflicto en 1960 entre las escuelas bíblicas tradicionales y liberales en el
centro de la Iglesia católica parecían constituir una victoria para los
primeros; sin embargo, demostró ser una victoria muy efímera, como ahora
veremos. El conflicto se vio inmediatamente como una confrontación escandalosa
entre dos instituciones pontificias prestigiosas ― el Instituto Bíblico
dirigido por los Jesuitas― y la Universidad Lateranense. Que alguien recuerde,
nunca había ocurrido algo así en la Ciudad Eterna y los espectáculos impropios
de dos augustas academias romanas en un estado de combate mortal pronto
llamaron la atención del Papa Juan XXIII, quién, en la Primavera de 1961,
instruyó al Santo Oficio (bajo la dirección del Cardenal Alfredo Ottaviani)
intervenir y juzgar sobre la disputa. Mientras el caso estaba bajo estudio, el
Santo Oficio emitió un Monitum (advertencia) el 20 de junio de 1961 contra las
tendencias exegéticas que cuestionaban la historicidad de los Evangelios [31] y unos días después el libro La Vie de Jesús del biblista francés
Jean Steinmann ― juzgado como un ejemplo de tales tendencias ― fue condenado y puesto
en el Índice de Libros Prohibidos,
con la aprobación expresa del Papa Juan.[32] Luego, en septiembre del mismo año,
dos de los profesores del Instituto Bíblico a los cuales Mons. Romeo había
denunciado en su artículo famoso, Stanislaus Lyonnet y Maximiliano Zerwick,
fueron despedidos de sus cátedras por orden del Santo Oficio. Romeo los había
acusado también de minar la historicidad de los Evangelios: Zerwick, por
ejemplo, había afirmado en un seminario para los maestros de la Escritura
italianos que las promesas de Cristo a Pedro en Mateo 16, 18-19 («Tu eres Pedro, y sobre esta piedra…») es
«el trabajo del evangelista que pone en
los labios de Jesús una frase ficticia».[33] (El P. Malachi Martin que en ese
momento era un colega de Zerwick en el Instituto Bíblico también me ha relatado
, en conversación privada, sus claros recuerdos de Zerwick desestimando como
míticos los relatos de San Mateo de la Infancia, la visita de los Magos, la
matanza de Herodes de los Inocentes y así sucesivamente).
A la luz de estas advertencias del magisterio y las medidas
disciplinarias en 1961 parecía como si los ‘fundamentalistas’ del Vaticano
(como los llama el P. Raymond Brown) hubieran ganado la partida. Sin embargo, el Papa Pablo VI, poco
después de su elección en junio de 1963, inició un curso de acción el cual ― lo
hubiese deseado conscientemente o no ― iba a producir un cambio práctico de
esta situación. Siendo todavía Cardenal de Milán, Montini se había pronunciado
por escrito poco antes del Vaticano II con declaraciones que, a la luz de la
subsiguiente explosión de disentimiento que iba a aparecer inmediatamente
después del Concilio, demostraron ser muy ingenuas. Él había afirmado, por
ejemplo, que la Iglesia católica entera, en la víspera del inminente Concilio
Ecuménico, se encontraba serenamente unida en la fe y no estaba turbada por
disputas internas o herejías de cualquier tipo. Con respecto a la particular
controversia que hemos estado examinando, el Papa Pablo, en línea con su
perspectiva optimista, fue persuadido evidentemente por el alegato de que Romeo
y otro exegeta tradicional de la Universidad Lateranense de Roma, Mons.
Francesco Spadafora,[34]
habían calumniado a los profesores del Instituto Bíblico en sus imputaciones
publicadas. De acuerdo con ello, el 31 de octubre de 1963, durante su primera
visita como Papa a la Universidad Lateranense pronunció públicamente un
cáustico reproche a estos profesores conservadores, acusándolos de haberse
comprometido en ‘celosa rivalidad’ y ‘molestas polémicas’ y advirtiéndoles
nunca más repetir tal conducta.[35]
No mucho después de eso, el Papa despidió al Rector de la Universidad de
Lateranense, Mons. Antonio Piolanti quien, como editor de Divinitas, había apoyado fuertemente las imputaciones hechas en esa
revista por Romeo y Spadafora. Luego, en marzo de 1964, Paul VI recibió en
audiencia pública al nuevo Rector del Instituto Bíblico, el canadiense P.
Roderick MacKenzie, S.J., quién le pidió que reabriese el caso de sus dos
compañeros jesuitas profesores a quienes el Cardinal Ottaviani había despedido
de sus cátedras.
Simpatizando espontáneamente con la convicción de MacKenzie de que
Lyonnet y Zerwick fueron víctimas inocentes de prejuicios reaccionarios, Pablo VI
aceptó hacer revisar sus casos por una comisión de Cardenales dirigida por el
anterior rector del Instituto Bíblico, el Cardenal Bea. El resultado fue que
los dos profesores Jesuitas fueron reintegrados y empezaron a enseñar de nuevo
en el semestre del otoño de 1964. Esta revisión fue evidentemente llevada a cabo con gran secreto. Del
grupo selecto de Cardinales que en 1964 componía la Comisión Bíblica Pontificia
(que en ese momento todavía era un órgano del Magisterio), el único miembro que
todavía vive es el Cardenal Franz Koenig, Arzobispo jubilado de Viena. El año
pasado (1997) me informó que no sólo no fue consultado sobre la revisión; no
supo nada sobre ella hasta que leyó sus resultados en los periódicos. Y en 1995
le pregunté a Mons. Spadafora, uno de los principales ‘testigos de cargo’ en
los procesos originales del Santo Oficio en 1961 contra los dos profesores, si
él fue después de nuevo consultado durante la revisión del caso por el Cardenal
Bea, tres años después. Contestó que él tampoco supo nada sobre esta revisión
hasta que sus resultados fueron hechos públicos.
Los efectos de estas reincorporaciones, recomendadas por Bea y
autorizadas por Pablo VI fueron importantes: con la ventaja de la percepción
retrospectiva podemos ver que
ellas hicieron mucho para asegurar el firme atrincheramiento de los biblistas
liberales, racionalistas en la Academia católica, junto con la ‘Leyenda Áurea’
que da respetabilidad a esa escuela de exégesis. Como el Cardinal Koenig me
comentó en una carta, «El re-establecimiento
de los dos Jesuitas, Lyonett y Zerwick, causó mucho asombro en ese momento y
los testigos entendieron que Pablo VI no estaba de acuerdo con las decisiones
del Santo Oficio».[36] De hecho, ésta era una de las varias
humillaciones que su Prefecto, el Cardinal Ottaviani, tuvo que soportar durante
los años del Vaticano II.[37]
No es que Pablo VI mismo tuviese simpatía alguna por la crítica radical
de los Evangelios. Al contrario, en mi tesis doctoral que fue aceptada en enero
último y está en este momento en proceso de publicarse en Roma, he mostrado
que, como todos sus predecesores (y sucesores) en la Cátedra de Pedro, Pablo VI
sostuvo clara y constantemente la historicidad íntegra de los Evangelios ―
incluyendo esos pasajes que son los más frecuentemente desmitologizados por los
‘exegetas reconocidos’ ― en centenares de documentos y discursos. De hecho, mi
investigación ha revelado que el Papa reafirmó no menos de 52 veces, desde el
comienzo al fin de su pontificado de quince años, la historicidad de las
promesas de Nuestro Señor a San Pedro como están registradas en Mateo 16,
17-19.
¿Por qué, entonces, reincorporó al P. Zerwick, quien había públicamente
descripto esas promesas como una ‘ficción’, como maestro de la institución de
estudios bíblicos más vital y prestigiosa de la Iglesia ― y sin incluso
requerir de Zerwick ninguna retractación pública? Tendremos que esperar hasta
alrededor de la mitad del próximo siglo, cuando los archivos pertinentes del
Santo Oficio se abran finalmente para su estudio,[38] antes que pueda verterse más luz
respecto de tan grande pregunta. Pero en términos generales, podemos decir que
este caso presenta más evidencia del carácter enigmático, paradójico del
pontificado de Pablo VI. En conformidad con esas mismas promesas a Pedro cuya
autenticidad estaba siendo cuestionada, la enseñanza magistral oficial del Papa
Pablo expresó siempre la fe apostólica ortodoxa; pero sus decisiones prácticas,
administrativas ― y a veces su indecisión ― a menudo parecían tener el efecto de comprometer esa fe. Como he
dicho en una de las conclusiones de mi tesis doctoral: uno podría decir… que la
estrategia concientemente escogida por Pablo VI para tratar las amenazas de
falsa doctrina ― en los estudios bíblicos así como en otras ciencias sagradas ―
era prácticamente la contraria al famoso dictum
del Presidente Theodore Roosevelt al efecto que, en las relaciones extranjeras,
los Estados Unidos deben ‘hablar suavemente, pero llevar un buen garrote’. El
Papa Pablo, al contrario, dio la impresión de esforzarse por compensar la
indulgencia en la acción disciplinaria, con redoblada frecuencia y urgencia en
el discurso.
Parece que había ciertas condiciones ligadas de hecho al retorno de los
dos profesores jesuitas a sus cátedras: como lo he mostrado en mi tesis,
después de esto ellos no enseñaron o publicaron material en conexión con esas
áreas de estudios bíblicos cuyas opiniones había entrado en conflicto con el
juicio del Santo Oficio. Sin embargo, nada de esto fue anunciado públicamente y
el mensaje de facto enviado a los biblistas católicos alrededor del mundo en el
verano de 1964 simplemente era que los hechos hablan más ruidosamente que las
palabras. Se entendía que desde aquel momento, sin tener en cuenta lo que el
Magisterio podría decir en el papel con respecto a la interpretación bíblica,
los exegetas católicos podían en la práctica sentirse libres para promover
cualquier teoría crítica exegética que quisieran sin tener que temer ninguna
acción disciplinaria. Después de más de treinta años esta situación todavía
prevalece: mientras varios teólogos dedicados al dogma y a la moral han sido
advertidos y/o disciplinados por Roma en las recientes décadas (por ejemplo
Hans Küng, Edward Schillebeeckx, Charles Curran, Leonardo Boff y Tissa
Balasuriya), ni un solo exegeta profesional, en mi conocimiento, ha sido
alejado de su cátedra, aunque la exégesis bíblica radical casi siempre ha
provisto importantes premisas para las conclusiones delineadas por los
moralistas disidentes y los teólogos dogmáticos.
Otro factor en el triunfo de la ‘Leyenda Áurea’ fue la
aún más catastrófica derrota sufrida por el Cardenal Ottaviani y el Santo
Oficio en noviembre de 1962, cuando el esquema original conciliar sobre ‘Las
Fuentes de la Revelación’ (la Escritura y la Tradición) que se había preparado
bajo la vigilancia de Ottaviani fue decididamente rechazado por los Padres del
Concilio Vaticano II. Entre otras cosas, el esquema explícitamente afirmaba la
inerrancia completa de la Escritura y la verdad histórica de las narrativas
sobre la Infancia y la Resurrección en los Evangelios, reprimiendo severamente
a cualquiera que ‘se atreviese’ a minimizar la historicidad de las palabras de
Jesús y los hechos como ellos son informados en cualquier parte de los cuatro
Evangelios. Más del 60 por ciento de los Padres del Concilio votaron en contra
de este documento después de escuchar durante varios días a algunos de los mas
eruditos y prestigiosos prelados de la Iglesia ― al Cardenal Bea sobre todo ―
criticando el esquema por su supuesta negatividad y sospecha hacia la exégesis
moderna, su tono excesivamente ‘escolástico’ y ‘poco pastoral’, su
insensibilidad ecuménica y claro, su fracaso en incorporar las nuevas y
liberadoras visiones supuestamente contenidas en la encíclica de Pío XII Divino Afflante Spiritu. Esto, a pesar
del hecho de que el esquema no sólo se refirió repetidamente a la DAS, sino incluso citó precisamente
aquel supuestamente pasaje ‘liberador’ o ‘revolucionario’ de la encíclica que
ha provisto el principal pretexto para aquéllos que han estado hilando la
‘Leyenda Áurea’: es decir, el pasaje donde Pío XII habla de la importancia de
identificar correctamente las respectivas formas literarias de las diferentes
partes de la Escritura.[39]
Luego del rechazo de este proyecto original sobre la Revelación Divina, el
esquema que lo reemplazó pasó a través de varias revisiones durante los
restantes tres años del Concilio Vaticano II y gracias a la vigilancia e
insistencia de algunos de los más fuertes Padres tradicionales durante ese
proceso, la versión finalmente aprobada y promulgada por el Papa Pablo VI el 18
de noviembre de 1965 ― la Constitución Dogmática Dei Verbum ― realmente reincorporaba los puntos principales que los
liberales habían objetado en el esquema original, aunque ahora en una forma más
indirecta y menos explícita. En lugar de ser afirmadas simplemente y de forma
prominente en el texto principal del documento, la ilimitada inerrancia de las
Escrituras y el carácter histórico de la Infancia y los relatos de la
Resurrección surgen ahora como enseñanzas sólo reafirmadas por el Concilio
Vaticano II cuando uno tiene en cuenta la letra chica: es decir, las notas a
pie de página y las explicaciones oficiales de las correcciones al texto de los
Padres del Concilio realizadas por los portavoces de la Comisión Teológica.
Estas explicaciones, en todo caso, generalmente han permanecido inaccesibles
para el 99 por ciento de los creyentes católicos: muchas de ellas nunca se han
traducido a los idiomas vernáculos y los únicos lugares dónde usted puede estar
seguro de desenterrarlas son las bibliotecas teológicas lo bastante grandes
como para contener los 27 grandes tomos que contienen los documentos completos
del Concilio, todos en latín.
Podríamos decir entonces que el Papa Pablo VI y los Padres
Conciliares optaron de hecho en los documentos del Concilio Vaticano II, respecto de
varios puntos doctrinales vitales pero polémicos, por
la política de reafirmarlos mediante un cuchicheo sutil y escasamente audible,
en lugar de trompetearlos fuerte y claramente. Y esto, yo diría, resultó ser un
desastre en materia de relaciones públicas para con la ortodoxia católica
durante la
época de las comunicaciones masivas, donde
estamos cada vez más condicionados para asimilar solamente la información,
cuando nos alcanza de la manera más ruidosa y directa, ― que nos lanzan en la
forma de eslóganes predigeridos y redundantes y dentelladas sonoras desde los
titulares de los periódicos y las pantallas de la televisión y de las
computadoras, ricas en decibeles y vívidos colores.
Los proveedores de la ‘Leyenda Áurea’, quienes, como todos los católicos
progresistas, siempre podrían contar con el apoyo de los medios de comunicación
seculares, fueron rápidos en aprovecharse de la situación. Ignorando la letra chica del Concilio en Dei Verbum y citando muy selectivamente
la encíclica del Papa Pío XII, tuvieron tanto éxito dominando la opinión
pública respecto de los estudios bíblicos católicos que a los tres años del Concilio
habían incluso penetrado las filas de los escritores de los discursos papales. En
una alocución a un congreso de estudiosos del Antiguo Testamento en abril de
1968 Pablo VI hizo la misma aserción pseudo-histórica que el P. Luis Alonso
Schoekel había hecho ocho años antes, en el editorial que provocó la indignada
reacción de Mons. Antonino Romeo. El Papa dijo: «Todos ustedes saben que Nuestro predecesor Pío XII había abierto
ampliamente la vía a los investigadores en su encíclica Divino
Afflante Spiritu del 30 de septiembre de 1943». Evidentemente el informe de
Romeo sobre la enseñanza papal en el siglo veinte sobre las Escrituras había
sido tirada en esos momentos al basurero. Era una excelente historia, pero, a
una distancia de más de treinta y cinco años, podemos ver ahora, más claramente
que nunca, que prácticamente antes de que su tinta estuviera seca, era la
historia escrita por un perdedor.
Finalmente, después de nuestro excursus
histórico que intenta resumir el proceso por el cual el biblismo católico
liberal ha logrado controlar y dominar la escena, concluiré preguntando ― y
contestando muy brevemente ― ¿Qué, después de todo, está equivocado en la
‘Leyenda Áurea’?. ¿Cuáles son las falacias en esta versión de nuestra reciente
historia que necesita ser desmitologizada? Después de todo, estoy sosteniendo,
junto con Mons. Romeo que la supuesta apertura por el Papa Pío XII de las
puertas exegéticas que habían estado cerradas por sus predecesores, es completamente
legendaria. Pero si esto es así, ¿cómo es que la Leyenda se las ha arreglado
para hacerse pasar por tan largo tiempo y con tal éxito deslumbrador, como un
hecho histórico? ¿Debe haber dicho seguramente algo el Papa en la Divino Afflante
Spiritu que diera por lo menos algún pretexto a los tipos de interpretación
que estoy criticando? Yo he contestado esta pregunta, entre otros, en un
artículo que aparece en Faith &
Reason Quarterly, en el número correspondiente a la Primavera de 1997, (40)
[40]
y no se intentará reproducir aquí todo lo contenido en mi artículo. Lo que
sigue es un breve resumen de algunos de los puntos principales:
El MITO No. 1 sostiene que desde el
principio de este siglo [XX] hasta 1943 el Magisterio adoptó una visión
cerrada, negativa y sospechosa respecto de todos los biblistas, de manera que
mantuvo a todos los exegetas en un miedo constante de censura por las opresivas
y obscurantistas autoridades vaticanas. Sin embargo la realidad es
que de todos los miles de los libros católicos eruditos y de los artículos
sobre las Escrituras publicados en este periodo de cuarenta años, sólo cuatro
libros y dos artículos fueron condenados formalmente por el Santo Oficio o la
Comisión Bíblica. Éste parece un número modesto de víctimas para un supuesto
Reino del Terror contra los estudiosos bíblicos. Tenemos el testimonio de
biblistas como Romeo que vivía por entonces y quién afirmó que no era verdad
que los exegetas hubieran estado viviendo en general con miedo de ser
silenciados o censurados por las autoridades romanas. La realidad es que había,
sin ninguna duda, una minoría de estudiosos cripto-liberales que ciertamente se
sintieron oprimidos y en consecuencia releyeron en esos períodos sus propias
aprensiones como si hubieran sido
el sentimiento dominante en esos momentos.
El MITO No. 2 afirma que la motivación
principal del Papa Pío XII para publicar la Divino
Afflante Spiritu era advertir a la Iglesia de la horrible amenaza
representada por los católicos extremistas y conservadores que estaban
rechazando la crítica bíblica (liberal) para favorecer un acercamiento
fundamentalista a la Escritura. ¿Cuál es la realidad? El hecho es que esa
encíclica de Pío XII hace un solo comentario advirtiendo que los católicos no
deben rechazar automáticamente todo lo nuevo en los estudios bíblicos
simplemente porque es nuevo. Ahora, cuando investigamos el trasfondo de ese
breve comentario, encontramos que el Papa tenía allí sólo en mente, un único,
solitario sacerdote, un cierto P. Dolindo Ruotolo, prácticamente desconocido
fuera de Italia que había causado algunas chispas de controversia anteriormente
en 1941 haciendo circular un folleto ‘tradicionalista’ que denunciaba el
supuesto modernismo de los estudios bíblicos actuales. Pero las ideas del P.
Ruotolo eran tan extremas que ellas no estaban en absoluto en línea con la
auténtica tradición. Por ejemplo, él condenó enfáticamente el estudio moderno
de los idiomas originales de la Escritura, el griego y el hebreo, porque, según
su interpretación del Concilio de Trento, la edición de la Vulgata latina era
ya la versión más perfecta posible de la Biblia. Esta posición muy extrema y
bastante errónea era lo que Pío XII tenía en mente haciendo el comentario
mencionado. Pero en tiempos más recientes el P. Raymond Brown y otros
reconocidos exegetas han estado citando esa frase para castigar a cualquiera
que critique su propia exégesis en estas materias en publicaciones como The
Wanderer, Culture Wars, This Rock, Homiletic & Pastoral Review, and
Faith & Reason.
El MITO No.
3 asegura que mientras los Papas anteriores se habían negado a permitir a los
exegetas reconocer varios géneros literarios diferentes en la Escritura,
insistiendo que todo en la Escritura tenía que ser interpretado literalmente,
Pío XII invirtió esta política reaccionaria e insistió en una correcta
identificación de las formas literarias de la Biblia. El
hecho es que mucho tiempo antes de Pío XII el Magisterio había permitido
bastantes especulaciones sobre los géneros literarios en los libros bíblicos y
todo lo que Pío XII hizo fue afirmar más explícitamente ciertos principios que
habían sido reconocidos en la práctica desde hacía mucho tiempo.
El MITO No. 4 nos dice que, gracias al
reconocimiento de Pío XII de los diferentes géneros literarios de la Biblia y a
las enseñanzas del Vaticano II sobre el mismo asunto, los exegetas católicos
están ahora autorizados a sostener que partes de los cuatro Evangelios deberán
ser entendidos como literatura imaginativa o simbólica de alguna clase, en
lugar de verdadera historia. El hecho es que ni Pío XII ni el Vaticano
II dieron ninguna justificación a esta opinión que representa un abuso, en
lugar de una aplicación legítima, de la enseñanza de la Iglesia sobre los
géneros literarios bíblicos.
EL MITO No. 5 finalmente nos asegura que el Vaticano II restringe la
inerrancia de la Escritura a ciertos temas o elementos que «están en la Biblia a causa de nuestra
salvación». El hecho es que, como las explicaciones oficiales y las notas a
pie de página ― la letra chica ― lo dejan claro, no se piensa en ninguna
estricción semejante. Yo he defendido en mi tesis doctoral que las traducciones
inglesas publicadas de Dei Verbum en
realidad son más bien engañosas y que una traducción exacta pondría en claro
que lo que el Concilio realmente asegura es que todo en la Biblia está allí «por
causa de nuestra salvación» y que todo lo afirmado por
los escritores sagrados está necesariamente
libre de error en virtud de su simultánea paternidad literaria divina. Leeré
para usted la traducción inglesa más conocida de este pasaje y luego mi propia
traducción sugerida que he defendido con gran detalle en mi tesis doctoral. La
primera es la que se encuentra en la edición de Flannery y también usada,
desgraciadamente, en el Catecismo de la Iglesia católica (#107):
«Ya que todo lo que los autores
inspirados o escritores sagrados afirman debe considerarse como afirmado por el
Espíritu Santo, nosotros debemos reconocer que los libros de la Escritura
firme, fielmente y sin error, enseñan aquella verdad que Dios, por causa de
nuestra salvación, deseó ver confiada a las Sagradas Escrituras» («Since all
that the inspired authors or sacred writers affirm should be regarded as
affirmed by the Holy Spirit, we must acknowledge that the books of Scripture,
firmly, faithfully, and without error, teach that truth which God, for the sake
of our salvation, wished to see confided to the Sacred Scriptures»).
Eso es hasta cierto punto ambiguo: uno no sabe si están diciéndonos que
todo o sólo algo de la Biblia está allí por causa de nuestra salvación y por
consiguiente garantizado de estar libre del error. Mi propia traducción
sugerida es como sigue:
«Ya que todo lo que los autores
inspirados o sagrados escritores afirman debe considerarse como afirmado por el
Espíritu Santo, nosotros debemos en consecuencia reconocer que los Libros de la
Biblia enseñan la verdad fiel, firmemente y sin error ―
teniendo presente que fue por causa de nuestra salvación que Dios quiso que
esta verdad quede registrada en la forma de Sagrada Escritura». («Since all that the inspired authors
or sacred writers affirm should be regarded as affirmed by the Holy Spirit, we
must in consequence acknowledge that the Books of the Bible teach the truth
firmly, faithfully, and without error ― keeping in mind that it was for the
sake of our salvation that God wanted this truth recorded in the form of Sacred
Scripture»).
Casi treinta años después
del triunfo de la ‘Leyenda Áurea’ ella todavía reina casi sin desafíos a pesar
de su manifiesta distorsión de los documentos de la Iglesia. ¿Hay señales de
esperanza? Sí, las hay. Me parece una
notable señal de la protección de la Iglesia por el Espíritu Santo que a pesar
del racionalismo y el escepticismo prevalecientes en los estudios bíblicos, los
documentos magisteriales de Juan Pablo II, como aquéllos de sus predecesores,
continúan sosteniendo la verdad histórica y la inerrancia de la Sagrada
Escritura. Así lo hace el Catecismo de la
Iglesia Católica, en sus copiosas referencias a los Evangelios y otros
libros bíblicos.[41]
Muchas veces en el pasado la fe de la Iglesia ha sido atacada desde dentro. Pero
la Roca de Pedro sobre la que nuestro Señor fundó la Iglesia siempre
prevalecerá. Y con el favor de Dios, viviremos para ver el día, en el nuevo
milenio, cuando esa falsa versión de las enseñanzas de la Iglesia que he estado
criticando en este ensayo no sólo será reconocida como una Leyenda, sino
también estará certificadamente muerta y enterrada.
[1] Cf. Dei Verbum, 11
[2] Dei Verbum, § 19.
[3] Muchos o la mayoría de los católicos
asociará la palabra 'fundamentalista' con la lectura protestante conservadora y
anti-católica de la Biblia. Sin embargo en los años recientes los proveedores
de la ‘Leyenda Áurea’ no han mostrado vacilación alguna al aplicar este epíteto
peyorativo a los católicos que sostienen la enseñanza tradicional de su Iglesia
en la inspiración, historicidad e inerrancia de la Sagrada Escritura. Vea por
ejemplo J.A. Fitzmyer, S.J., (ed.), The Biblical Commission Document, “The
Interpretation of the Bible in the Church” ― Text and Commentary (Rome,
Editrice Pontificio Istituto Biblico, 1993). Se refiere al trabajo apologético
de Karl Keating como un ejemplo de una nueva tendencia que él encuentra
perturbadora y la describe como sigue: “Desgraciadamente, los católicos en los
recientes tiempos han estado desarrollando su propia forma de lectura
fundamentalista de la Biblia” (op. cit., pág. 107
y cf. n. 143 en esa página).
[4] En una presentación muy conocida de la ‘Leyenda Áurea’, otro principal
exegeta post-conciliar, el P. Raymond E. Brown, S.S., habla de la « “crítica bíblica adoptada por Pío XII” y de
ciertos exegetas prominentes “(por ejemplo, David Stanley and Stanislaus Lyonnet)...
quienes sufrieron grandemente los intentos abortivos fundamentalistas de
alrededor de 1960 para rechazar esa crítica» (The Virginal Conception and Bodily Resurrection of
Jesus, New York, Paulist Press, 1973; pág. 6).
[5] ibid., pág. 13.
[6] ibid., págs. 13-14.
[7] Fitzmyer, op. cit., pág.
20, n. 10.
[8] ibid., págs. 101-108, con el texto y comentario de la Section I (F) del
documento de la Pontificia Comisión Bíblica, titulada “Interpretación
fundamentalista”.
[9] En este documento, la
mayor aproximación a una profesión de fe en la
inerrancia bíblica por parte de la propia Comisión Bíblica de hecho se evita
cuidadosamente. Nótese la redacción curiosa de
la siguiente concesión: «el
Fundamentalismo correctamente insiste en la inspiración divina de la Biblia, la
inerrancia de la Palabra de Dios y otras verdades bíblicas...» (ibid., pág. 104, énfasis agregado). ¿No
podríamos esperar que se usase aquí una manera más corta y más natural de
formular [tal inerrancia] por aquéllos que asienten a la doctrina de que «todo lo afirmado por los autores inspirados... debe sostenerse como
afirmado por el Espíritu Santo”, como insiste el Vaticano II en Dei Verbum, §11? ¿Por qué distinguir en
este conetexto entre “la Biblia” y “la Palabra de Dios” — cuando los
“fundamentalistas”, cuyas perspectivas son las de quienes supuestamente están
informando en esta frase, ciertamente no las harían? Es decir, por qué
simplemente no dice, «el Fundamentalismo es correcto en insistir en la
inspiración divina e inerrancia de la Biblia y otras verdades bíblicas...»?
Realmente, ¿por qué no? — a menos que uno sea renuente a conceder que ese
Fundamentalismo “es correcto” cuando expresa su doctrina en esa forma. ¿Pero,
por qué debe haber una tal repugnancia, a menos que uno sostenga la opinión — incompatible
con la fe católica — que no todo lo escrito en la Biblia realmente es la
‘Palabra de Dios’ ”?
[10] op. cit., págs. 18-19.
[11] Ha sido luego renombrado
como Congregación para la Educación católica.
[12] A. Romeo, “L’Enciclica ‘Divino afflante
Spiritu’ e le 'Opiniones” Nov., Divinitas 4 (1960), págs. 387-456.
[13] "… si rese ben conto di aprire una
nuova ed ampia porta, e che attraverso di essa sarebbero entrate nel
recinto dell'esegesi cattolica molte novit_, che avrebbero sorpreso gli
animi eccessivamente conservatori " (L. Alonso Schoekel, “Dove Va
L'Esegesi Cattolica?” [La Civilta Cattolica, III, quad. 2645, 3
September 1960] pág. 456).
[14] cf. Alonso, op. cit., págs. 451-453
and Romeo, op.cit., págs. 397-404.
[15] El libro empieza (1, 1) con una
descripción del autor como “el Predicador, el hijo de David, el Rey en
Jerusalén”. La opinión general entre los eruditos es desde hace mucho tiempo
que esto debiera haberse entendido como una estratagema literaria por los
supuestos lectores originales y que la doctrina e idioma del libro lo
identifica como del post-exilio en el origen, es decir, al menos medio milenio
después del tiempo de Salomón.
[16] cf. Alonso, op. cit., pág. 454 y
Romeo, op. cit., pág.
405, especialmente n. 45.
[17] cf. Alonso, op. cit., pág. 457 y Romeo,
op. cit., págs. 434-435, n. 113.
[18] Romeo, op. cit., pág. 393, n. 13.
[19] cf. Enchiridion Biblicum
(EB) 539-545.
[20] Romeo, op. cit., pág. 409.
[21] cf. J. Levie,
“L'Encyclique sur les etudes Bibliques.” Part I (Nouvelle Revue
Theologique, Vol. 68, No. 6, Oct. 1946) págs. 655-657
y Part II (Vol. 68, No. 7, Nov-Dec 1946), págs. 781-782.
[22] “… fissa per sempre le linee fondamentali
dello studio biblico nella Chiesa católica” (A. Bea, “L'Enciclica
Divino afflante Spiritu” [La Civilta Cattolica, No. IV, quad. 2242, 10
November 1943] p. 212).
[23] “…entrere certamente nella serie dei quei documenti pontifici, che
rimarranno per sempre guida e norma dell'insegnamento biblico” (ibid., p.
224).
[24] cf. article mostrando
las initiales “P.I.B.”, titulado “Pontificium Institutum Biblicum et Recens
Libellus R.mi D.ni A. Romeo” (Verbum Domini, 39 [1961] pp. 3-17).
[25] cf. Pío XII, encíclica Humani Generis (12
August 1950), EB 612-613, 618.
[26] Romeo, op. cit., pág. 454.
[27] “...apocalypticam visionem” “PI.B.,” op. cit., pág. 14. (En la pág. 15 es reproducido el pasaje del
artículo de Romeo citado en la
nota 26 arriba.)
[28] ibid., pág. 15, énfasis en el original.
[29] ibid.
[30] Éstos incluían notablemente al Cardenal Alfredo Ottaviani, Prefecto del
Santo Oficio, los Cardenales Ruffini y Pizzardo de la Comisión Bíblica
Pontificia y a Mons. Francesco Spadafora, otro profesor de Escritura de la
Universidad Lateranense que en ese momento era uno de los consejeros confiables
de Ottaviani en el Santo Oficio. Hasta que él muriera en marzo de 1997,
Spadafora nunca dejó de desafiar abierta y agresivamente al prevaleciente
liberalismo post-conciliar en los estudios bíblicos católicos, sobre todo en el
periódico italiano autodenominado “anti-modernista”, Si Si No No.
[31] cf. EB 634.
[32] cf. EB 635.
[33] «…
l'opera dell'evangelista, che mette nella bocca di Gesu una frase fittizia”
(M. Zerwick, Critica letteraria del N.T. nell'esegesi cattolica dei Vangeli
[Conferenze tenure al Convegno Biblico di Padova 15-17 settembre 1959], S. Giorgio
Canavese, 1959, p. 5). Zerwick sólo concedió que esta alegada ficción inventada
por Mateo (o por un redactor anónimo del Evangelio) estaba por lo menos en
armonía con otras cosas que Jesús dijo realmente en otras ocasiones.
[34] cf. arriba, n. 30.
[35] "gelosa concorrenza ... fastidiosa polemica" (Insegnamenti
di Paolo VI, 1963, pág. 272).
[36] Carta a B.W Harrison, Marzo 29, 1996.
[37] Como muchos clérigos en esos momentos, el Cardenal Bea ― según
información que me fue dada por dos sacerdotes que lo conocieron bien, Mons.
Francesco Spadafora y el P. Malachi Martin ― se volvió decidamente más
“progresista” en sus perspectivas durante los años entre la muerte de Pío XII y
la celebración del Vaticano II. Esto, parece, fue en parte debido a un sentido
de solidaridad con sus compañeros jesuitas que estaban volviéndose cada vez más
liberales en ese momento y en parte porque él fue cautivado personalmente por
la alegre visión del Papa Juan de un ‘nuevo Pentecostés’ logrado por el
Concilio a través de ‘la franqueza,’ el ‘aggiornamento’ (puesta al día), el
diálogo con el mundo y sobre todo, el ecumenismo. La hipótesis del P. Martin es
que Bea, entrenado en la tradicional escuela jesuítica de estricta obediencia
ignaciana, concientemente se esforzó por adaptar su propia perspectiva a la de
los sucesivos Pontífices a los que él fue llamado para servir.
[38] En marzo de 1996 pedí permiso al Cardenal
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe para tener acceso a los
documentos del caso Lyonnet-Zerwick, para los propósitos de mi investigación
doctoral. Fui informado que esto no sería posible, ya que ninguno de los
archivos del Santo Oficio desde el pontificado de Papa San Pío X (es decir,
desde 1914) están hasta ahora abiertos para la inspección de los estudiosos.
[39] Refiriéndose a ese pasaje en la nota 9, el artículo 13 del esquema
rechazado afirmaba que: «lo que el autor
realmente quiso significar por lo que él escribió es muy a menudo no
correctamente entendido a menos que se preste la atención debida a esos modos
locales de manera de pensar, hablar y narrar, lo cual era normal en los tiempos
que los sagrados escritores vivieron (... id quod auctor scribendo reapse significare voluit, si pius non recte intellegitur, nisi rite attendatur ad suetos nativos cogitandi, dicendi
vel narrandi modos, qui tempore
hagiographorum vigebant)” (Acta
Synodalia I, III, 18-19)»
[40] “The Encyclical Spiritus Paraclitus in its Historical Context” (Living
Tradition 60 [Sept. 1995] págs. 1-11 y 61 [Nov. 1995] pp. 1-18; vuelto a
publicar en Faith & Reason 23 [Spring 1997] págs. 23-88).
[41] De hecho, el P. David Coffey del Instituto Católico de Sydney se ha
quejado de que «el uso no crítico de la
Escritura en el Vaticano II, lo cual ha sido objeto de comentarios eruditos, es
mantenido en el Catecismo» (“Faith in the Creator God,” en A. Murray [ed.],
The New Catechism: Analysis and Commentary [Sydney: Catholic
Institute of Sydney, 1994], pág. 14). El ‘comentario erudito’ al que se refiere
el P. Coffey terminan siendo uno del P. Raymond Brown, en “Scripture and Dogma
Today”, América, 157 (31
October 1987), pág. 287. Es refrescante ver momentos de honestidad tales como
éste en los escritos de la elite teológica liberal: raramente admitirán
cándidamente estar en conflicto con las enseñanzas del Vaticano II.
[i] Brian Harrison, “Catholic Biblical Studies: The Golden Legend”. 5-II-2007
(Online) http://www.culturewars.com/CultureWars/1999/rewriting.htm. Este artículo se publicó en enero 1999 Culture Wars y entonces
se tituló “On Rewriting the Bible: Catholic Biblical Studies in the ’60s.” Se
adaptó de una conferencia pronunciada por el P. Harrison en New Jersey en 1998
a Christifideles. Una cinta grabada
de esa conferencia, titulada “Demythologizing la Leyenda Áurea,” puede
obtenerse de Keep The Faith, 1O Audrey Place, P.O. Box 10544, Fairfield, NJ
07004. Culture Wars, 206 Marquette Avenue, South Bend, IN 46617, Tel: (574)
289-9786 • Fax: (574) 289-1461 Copyright. También ha sido publicado en
Inglaterra, con el título: “On
Rewriting the Bible-Catholic Biblical Studies in the '60s”, Christian Order (March 2002), (online) http://www.christianorder.com/features/features_2002/features_mar02.html.
El título del presente artículo
alude a la Legenda Áurea de Jacobo de
Vorágine, un relato muy popular de vidas de santos cuyo título quedó como
modelo de hagiografía
indocumentada. El P. Brian W. Harrison es autor de The development of Catholic Doctine on
religious Liberty, cuya versión francesa, Le développement de la doctrine catholique sur la liberté religieuse,
fue editada por la Société Saint Thomas-d'Aquin en la editorial Dominique
Martin Morin, 1988.
[ii] El P. Brian Harrison, O.S.,
enseña Teología en la Universidad Pontificia de Puerto Rico en Ponce, Puerto
Rico.
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