BOOK REVIEW
“EL JUDÍO REVOLUCIONARIO”
E. Michael
Jones, The Jewish Revolutionary Spirit and its Impact on World History (South
Bend, IN: Fidelity Press, 2008) 1,200 pp, ISBN 0-929891-07-4, $48.
por Robert Sungenis, Ph.D.
Revisar un libro tan
largo (1200 paginas), tan detallado (más de 1000 notas), y tan provocativo (el
tópico es los judíos y la revolución) como El
espíritu revolucionario judío de E. Michael Jones no es ciertamente una
tarea sencilla, pero ha sido una de las tareas mas enriquecedoras y
esclarecedoras que he jamás llevado a cabo. Para realmente hacer justicia a
semejante libro haría falta al menos otro libro. Voy a citar extensivamente con
el objetivo de guiar al lector dentro de la obra misma a fin de apreciarla lo
mejor posible. Tan llena está de irrefutables datos y perspicaces comentarios
que uno está tentado de encerrarse en una habitación y absorber cada palabra.
Cuando se llegue al final, la visión que uno tenía del mundo habrá cambiado
dramáticamente. Se verá el funcionamiento del mundo de la manera solo alguien
como E.M. Jones, libre de lujuria de poder, fama o fortuna, y movido solo por
su sincero y perdurable amor por Jesucristo y la iglesia católica, puede
brindar. No solo uno será cambiado, sino que este libro tiene el potencial para
cambiar el mundo. Se debe recordar que la información que el lector lea en la
obra de Jones no es precisamente la que se oye en Harvard o en el sitio web de
la Liga Anti-Difamación (ADL). Se debe estar preparado para ser conmocionado y
asombrado. Es un libro que no se puede parar de leer. Pero también el lector
debe ser advertido, luego de enterarse de la total destrucción a la cual fue
sometida nuestra sociedad y la causa de ello, uno puede sorprenderse llorando
cerca del final, de la misma manera que Jesús lloró aquella vez por Jerusalén.
Naturalmente, debido a
que palabras provocativas tienden a evocar toda clase de prejuicios, y
especialmente en este caso, inevitables cargos de “antisemitismo” por el solo
hecho de usar la palabra “judío”, la mejor manera de comenzar es definir ambos
términos “judío” y “revolucionario”. Jones hace un muy buen trabajo en este
rubro, empleando a Jesucristo como línea divisoria. A menudo refiriéndose a El
como “Logos” en referencia a las características distintivas de la cristiandad,
revelación divina y razón. A fin de explicar diferencias, Jones primero explica
como el Islam considera al Logos. Debido a que el Islam cree que Dios puede, si
así lo desea, contradecir a la razón, Jones alega que los musulmanes poseen una
visión distorsionada de esta, pero ni odian ni rechazan al Logos per se. Hecha esta distinción Jones pasa
entonces a explicar lo que significa el termino “judío revolucionario”. Escribe
“el ataque al Logos… de parte del judaísmo, que se manifiesta no en forma de
invasión desde afuera, como el caso del Islam, el cual ha buscado extender su
fe mediante la conquista militar, sino por la amenaza de la subversión por
dentro, también llamada revolución. Si los musulmanes son alogos, debido a la manera imperfecta en que Mahoma entendió las
tradiciones monoteístas apenas absorbidas desde su posición en los confines de
una civilización greco-romana ya desmembrada, entonces los judíos son antilogos, en el sentido en que ellos
rechazan a Cristo totalmente. El Islam no rechazó a Cristo, sino que no
entendió a Cristo, como lo manifiesta su rechazo tanto a la Trinidad como a la
Encarnación, e intentó enmascarar sus errores honrando a Jesús como un profeta.
La situación de los judíos es completamente diferente. Los judíos fueron el
pueblo elegido de Dios. Cuando Jesús se presentó como el Mesías por tanto
tiempo esperado, los judíos, quienes como todos los hombres, fueron agraciados
por Dios con la libertad, tuvieron que tomar una decisión. Podían aceptar o
rechazar a Cristo, quien era la encarnación física del Logos de acuerdo a la
creencia cristiana… Cuando los judíos rechazaron a Cristo, rechazaron al Logos,
y cuando rechazaron al Logos, el cual incluye dentro de si mismo los principios
de orden social, se volvieron revolucionarios” (pp. 15, 16).
Volviendo
sobre esta definición algunas paginas mas adelante, Jones es mas claro aun:
“Una tragedia singular sucede cuando un miembro del pueblo elegido rechaza la
causa por la que el o ella ha sido elegido o elegida – como vemos en los
Evangelios. Cualquiera puede elegir rechazar el Logos- todos lo hacemos o somos
tentados de hacerlo cada día. Pero que ese rechazo forme parte del inevitable
centro de la propia religión o inclusive sea el factor determinante sobre quien
cuenta como miembro de la comunidad significa que un espíritu revolucionario
está entremezclado con esa comunidad” (p. 20). Así es que judío es aquel cuya
creencia básica es el rechazo a Jesucristo. Mas adelante la definición de Jones
es mas o menos confirmada por un rabino judío escribiendo en una revista
católica, First Things (Enero 2003,
pp. 41-46). En un articulo titulado “La virtud de odiar” el rabino Meir Y.
Soloveichik sostiene que el odio puede ser utilizado por el judío a discreción
(bien opuesto a lo dicho por Jesús: “han escuchado que se decía… odia a tus enemigos,
pero yo os digo, ama a tus enemigos”).
El rabino es bastante franco a cerca de como él y otros judíos aplicaran
la “virtud del odio”, ya que revela que “la mismísima cuestión de como encarar
a nuestros enemigos depende si uno cree que Jesús era meramente un confundido
mortal, o el Hijo de Dios” (pp. 1013-15). Abe Foxman, director de la ADL, nos
da otro ejemplo de su “creencia básica” cuando le dice a Otto Huber (el
productor de la obra La Pasión de Oberammergau): “No hay ninguna necesidad de
hacerla. Quiero otra obra; si es acerca de la crucifixión en la cual los judíos
matan a Cristo, nunca la va a poder limpiar lo suficiente. Así que no espere
que la acepte” (p. 1026).
Aun
así, Jones reconoce que “el debate sobre quienes son los judíos nunca ha
cesado.” En una de sus mejores analogías, Jones dice que la manera en que
nuestra sociedad moderna define “judío” es como definir la palabra árbol: “una
palabra que, de acuerdo a los nominalistas, no tiene un sentido claro, ya que
en el mundo real lo único que existe son robles, cedros, etc. Conforme con esta regla no escrita, el
término “judío” no se refiere en realidad a ninguna categoría de personas.
Entonces el uso del termino “judío” como una categoría es, como resultado ipso facto evidencia de antisemitismo”
(p. 16). Obviamente hay mucha confusión hoy en día a cerca de la definición de
“judío” y aun más confusión sobre que constituye “antisemitismo”. Jones explica
la experiencia de Belloc en este mundo surrealista de definiciones, pero dice
que es mucho peor en nuestros días, porque “ahora es imposible escribir sobre
los judíos sin exponerse al cargo de antisemitismo.” Y porque una definición
precisa es esencial al actual debate, debemos simpatizar con Jones cuando dice:
“su uso es determinado por la ventaja política de aquellos que la usan.
Entonces, es permisible en algunos círculos generalizar cuando los judíos son
victimas de algún ataque, pero cualquier referencia a judíos como perpetradores
de algún ataque es, nuevamente ipso facto
evidencia de antisemitismo y también un signo de una manía conspiradora. Es
cara o seca. Así, una vez mas, de acuerdo a otra variación de los cánones del
discurso contemporáneo, es permisible decir que los judíos tuvieron un gran rol
en el movimiento de los derechos civiles en EEUU, pero sería antisemita decir
que también tuvieron un gran rol en el movimiento pro-aborto. Por revolución se
entiende revolución contra el Logos – la forma mas profunda de revolución” (p.
17).
Jones
explica magistralmente como este ímpetu “anti-Logos”, o lo que él específica
como “sentimiento espontáneo” dentro de la comunidad judía, se desenvolvió a lo
largo de la historia, y más o menos, el resto de su libro es una antología de
todos estos sucesos, desde el primer siglo hasta nuestro siglo XXI. En cierto
modo, Jones toma la posta donde San Lucas la dejó en Las Actas de los
Apóstoles, añadiendo veinte siglos de pruebas mostrando como los judíos en
general no solo se opusieron al Logos y al avance de los Evangelios sino
también buscaron reemplazarlo con su propio evangelio, sea mediante las
acciones de Juliano el Apostata, el judaísmo iluminista de Moses Hess o el
psicoanálisis de Sigmund Freud. Jones nos permite ver porque, luego de casi
tres décadas de lidiar con los judíos, San Pablo se resignó a decir en I Tes.
2:14-16: “los judíos, quienes mataron al Señor Jesús y a los profetas y nos
persiguieron; no son del agrado de Dios, y se oponen a todos los hombres,
tratando de prevenir que hablemos con los gentiles para que se salven, así
constantemente colmando la medida de sus pecados. Pero la ira de Dios ha
finalmente comenzado a caer sobre ellos”. Desagradar a Dios y “oponerse a todos
los hombres” es la marca de la revolución.
Uno
de los meritos del libro de Jones es su consistente uso de fuentes judías para
confirmar sus afirmaciones y conclusiones, y aquí no hay excepciones. Poniendo
a prueba su tesis de la incitación judía a la revolución, Jones comienza
citando al rabino Louis Israel Newman quien “remarca como los judíos han
consistentemente apoyado los movimientos revolucionarios a través de la
historia. Fueron judíos los que se unieron a los herejes durante la crisis de
los albigenses, la revolución Husita, la reforma protestante, y el nacimiento
de la Inglaterra moderna. También se unieron con los revolucionarios durante el
Iluminismo, la revolución rusa, y el movimiento de los derechos civiles en los
EEUU. También observamos el conflicto entre la Iglesia y el judaísmo durante el
nacimiento de la inquisición española, el desarrollo del imperio polaco, y la
rebelión de Chmielnicki que marco el comienzo de la debacle de dicho imperio.
Finalmente vemos la presencia judía en el surgimiento del imperio
norteamericano” (p. 21).
Sin
embargo Jones es cuidadoso en recordarnos los limites de esta discusión:
“¿Significa que todo judío es una mala persona?” No, de ninguna manera. Los lideres judíos controlan la
‘Sinagoga de Satanás,’ que a su vez controla el grupo étnico al cual pertenecen
los judíos. Nadie tiene control sobre las circunstancias en las que nace. Esta
es la razón por la cual el antisemitismo, si por ese término entendemos el odio
a los judíos debido a características raciales inmutables e indelebles, está
mal. A lo largo de sus vidas, los judíos terminan dándose cuenta que pertenecen
a un grupo étnico como cualquier otro. A pesar de la propaganda de superioridad
racial que el Talmud busca inculcarles, muchos judíos se dan cuenta que un
espíritu particularmente maligno se ha apoderado del corazón de su grupo
étnico. Una vez que son conscientes de la magnitud de tal desgracia, los judíos
se enfrentan ante un dilema. Dependiendo de la disposición de cada uno, algo
que solo Dios puede juzgar, se vuelcan con fervor a favor o en contra de este
espíritu maligno – completamente como San Pablo, Nicholas Donin, Joseph
Pfefferkorn y muchos otros judíos – o incipientemente como aquellos judíos que
rechazan conscientemente ser cómplices de algo que saben es moralmente
injustificable, sea el aborto o la evicción de palestinos de sus tierras
ancestrales” (p. 1067).
Esta revisión del libro
de Jones se concentrará en la segunda mitad de la antología, ya que los eventos
allí descriptos serán mas familiares para lectores contemporáneos por el simple
motivo que dichos lectores los han experimentados en carne propia. E.M. Jones
nos muestra como hemos sido sistemáticamente disuadidos por el judío
revolucionario de ver la historia desde esta óptica, ya que invariablemente se
clasifican tales investigaciones como actos “antisemitas”. Sin embargo lo que
hace que el trabajo de Jones sea al mismo tiempo convincente y atrayente es que
no usa argumentos emocionales, ni insultos, ni intentos de enmarcar al judío
con imágenes estereotípicas para ganarse al lector con demagogia. Justamente
son sus oponentes quienes usan tácticas sucias para desacreditar a críticos
como Jones.
Un
ejemplo de la manera gentil en que Jones maneja la situación es su constante
apelo a la equidad. Inclusive si tenemos delante nuestro 1200 paginas de
detalladas actividades revolucionarias de un grupo determinado de gente, los
judíos en su conjunto, Jones es muy perceptivo al recalcar “como siempre, los
movimientos son liderados por unos pocos – unos pocos que a menudo no son
representativos de todos” (p. 21, y también pp. 740, 746, 755). En su soporte
Jones cita el psicólogo Kevin MacDonald quien “ha sugerido el siguiente enfoque
– un movimiento judío es un movimiento dominado por judíos ‘sin implicar que
todos o la mayoría de los judíos sean parte en estos movimientos, y con
restricciones a cerca de que son exactamente dichos movimientos’” (p. 21). En
otra prueba de su desprejuiciado enfoque para con los judíos, Jones cita la
directiva de larga data del Papa Gregorio Magno en el sigo sexto, también
conocida como Sicut Iudeis non, la
cual simplemente sostiene que “nadie tiene le derecho de dañar a los judíos o
interrumpir sus practicas religiosas, pero los judíos al mismo tiempo, no
tienen derecho de corromper la fe y la moral cristiana o subvertir a las
sociedades cristianas.” Desafortunadamente, la obra de Jones revela que ha sido
precisamente la segunda parte de esta directiva la que ha sido sistemáticamente
transgredida en los últimos dos milenios. Jones se toma un especial esfuerzo
en: a) mostrar cuan dramática y totalmente los judíos en su conjunto han
trastocado la fe y la moral cristiana, y b) contrarrestar los cargos de ciertos
judíos como Daniel Goldhagen quien escribe: “por siglos la Iglesia Católica… ha
sido esencialmente antisemita, tanto en sus doctrinas, como en su teología y su
liturgia” (p. 23).
Del
capitulo uno al doce Jones describe los primeros 1800 años del accionar del
judío revolucionario. Explicando desde porque San Juan se refirió a los judíos
de su tiempo, dos veces, como la “Sinagoga de Satanás” (Ap 2:9; 3:9); hasta los
fútiles esfuerzos de Juliano el Apóstata para reconstruir el templo judío en el
siglo cuarto y la coincidencia de este fiasco con el surgimiento de la herejía
arriana que negaba la divinidad de Cristo; incluyendo las cruzadas a partir del
siglo XI para retomar Jerusalén de manos musulmanas; Jones nos brinda un
panorama notable de los vaivenes de las luchas entre la iglesia y los judíos
que han continuado hasta el día de hoy. Me atrevería ha decir que poca gente en
el mundo sabe cuan prominentes y cuan divisivos los judíos han sido a lo largo
de los últimos dos mil años, debido a que los libros de historia escolares
simplemente no mencionan nada al respecto, y de hecho, hay miedo de hacerlo por
miedo a ser estigmatizado con el mote de “antisemita”. Si comprendo a Jones
correctamente, creo que nos está diciendo que ya es tiempo de desactivar tal
epíteto y educar a nuestros hijos en la verdad, a fin de sostener nuestra fe y
la devoción a Dios y a la Iglesia Católica.
Observando
las técnicas insólitas con que los judíos, grupo minúsculo e impopular, han
logrado entremezclarse en los altos estratos de la sociedad, hay que reconocer
que son un notable ejemplo de lo que L. Ron Hubbard una vez describió como la
principal motivación del hombre – la voluntad de sobrevivir. I hubo una razón
que hizo que la voluntad colectiva de los judíos por sobrevivir pareciera mas
fuerte aun que la de otras sociedades, especialmente al comienzo del segundo
milenio. Aquí Jones cita parcialmente a Norman Cohn; “lo que hizo que los
judíos permanezcan judíos ‘fue… su absoluta convicción que la Diáspora era… una
preparación para la venida del Mesías y el retorno a una transformada Tierra
Santa’… A fines del siglo XI, ‘ya no eran los judíos sino los cristianos
quienes elaboraban profecías siguiendo la tradición del ‘sueño de Daniel’ y
quienes continuaron inspirándose en ellos.’ La tentación de buscar el cielo en
la tierra siempre fue judaizante… Lo que distinguía abruptamente a los judíos
de otros pueblos era su actitud hacia la historia y en particular hacia su
propio papel en la historia. ‘Precisamente porque estaban totalmente
convencidos de ser el Pueblo Elegido,’ dice Cohn, ‘los judíos tendieron a
reaccionar frente al peligro, la opresión y el sufrimiento con fantasías de un
triunfo total y prosperidad ilimitada, la cual Yahvé, gracias a su
omnipotencia, les concedería a sus elegidos al final de los tiempos.’… Mediante
sus sufrimientos, el pueblo judío liberaría a toda la humanidad. El trasfondo
cristiano es inconfundible. Moisés Hess llevaría este razonamiento a su lógica
conclusión en el siglo XIX, sosteniendo que el pueblo judío se había convertido
en su propio Mesías… El reino milenario que será ‘la culminación de la
historia’ y que ‘no tendrá sucesores’ encontró numerosos adherentes, desde Karl
Marx hasta el neoconservador Francis Fukuyama, cuyo libro El Fin de la Historia anunció el milenio neoconservador luego de
que fallara el milenio de Marx” (pp. 94-95 ).
Es esta mentalidad de
“pueblo elegido”, exaltada, engrandecida, y renovada por el Talmud, el Zohar,
Mendelssohn, Hess, Marx, e inclusiva la gematria o numerología hebrea, que
persiste en la mente judía y es la fuerza que sostiene su postura
“revolucionaria”. De acuerdo a Jones, para que la revolución funcionara a su
favor, los judíos tenían que fomentar su propia rebelión, o copar alguna
rebelión de los gentiles para sacar provecho de cuanto pudieran. Siempre, sin
embargo, el objetivo último estaba puesto en la Iglesia Católica. En esta línea
Jones repasa la revolución en Bohemia en 1412 cuando “los judíos se estaban
convirtiendo en numero jamás vistos antes en España, y los que no se convertían
buscaban nerviosamente algún otro país donde vivir. Y Bohemia, la joya de la
cultura monástica y católica de Europa Central, estaba al borde de la primera
revolución total en suelo europeo” (p. 149); al igual que la reforma
protestante y la consecuente revolución de los campesinos en la década del
1520, de la cual “’está mas allá de cualquier duda,’ explica Walsh, citando a
un historiador judío, ‘que los primeros lideres de las sectas protestantes eran
llamados semi-judaei’, o mitad-judíos, en todos los rincones de Europa, que
hombres de ascendencia judía eran prominentes entre ellos, como lo habían sido
entre los gnósticos, y luego lo serian entre los comunistas’” (p. 268). Luego
de esto, Jones analiza la rebelión anabaptista, la anglicana, y la masonería,
mostrando como el elemento judío estuvo envuelto en cada una de ellas, y como
los judíos sacaron provecho, literal y figurativamente, al provocar luchas
intestinas – estrategia que continua hasta día de hoy.
Más
cerca de nuestros tiempos, Jones se detiene en la revolución de 1848, luego del
iluminismo que alcanzó su pico en 1783. Citando a Haberer, “la continuidad en
el comportamiento radical judío se puede trazar al iluminismo en general y
Mendelssohn en particular. Haberer sostiene que Mendelssohn es la fuente ultima
de nihilismo judío…” (p. 653). Mientras que “el nacionalismo judío o Sionismo,
que alzó su desagradable rostro en 1862 con la publicación de Moisés Hess Rom und Jerusalem” (p. 571). Con los
Estados Pontificios en caída e Italia nacionalizándose, Hess vio que “con la
liberación de la ciudad eterna sobre el Tiber, comienza la emancipación de la
ciudad eterna sobre el monte Moriah” (p. 591). En Rusia, “grupos judaizantes se
desenvuelven con absoluta soltura” (p. 576). Básicamente, el evangelio judío
fue sembrado mediante la revolución. Jones agrega: “como Moisés Hess predijo en
Rom und Jerusalem, los judíos se
volvieron revolucionarios luego de
diez años de la llegada del iluminismo a Rusia… ‘sus integrantes,’ Isaiah
Berlin escribió, refiriéndose a la nueva intelligentsia
rusa-judía, ‘se consideraban como miembros de una orden, casi un sacerdocio
secular, volcado a desparramar una especifica actitud frente a la vida, algo
así como un evangelio.’ Una vez que las ideas del iluminismo encontraron
grietas en la corteza ortodoxa alrededor de los shtetl, los judíos vieron su participación en la revolución como
ordenada por Dios. La revolución era el trabajo del pueblo elegido” (pp.
647-48).
Y
las revoluciones fueron impulsadas con muchísimo dinero. Como dijo Bauer: “si
los judíos desean ser libres no deberían aceptar el cristianismo, como tal,
sino el cristianismo en disolución, la religión en disolución; es decir, el
iluminismo, la critica y su producto, una humanidad libre,” Marx en su libro La Cuestión Judía, no tiene empacho en
afirmar que “’la base probada del judaísmo’ es ‘la necesidad practica y el
interés propio’; que ‘el culto global del judío’ es ‘el lucro,’ y que ‘su dios
mundano’ es el dinero” (p. 585), remarcando que, en este momento de la
historia, “el judío se ha emancipado a si mismo al modo judío, no solo mediante
la adquisición del poder del dinero, sino también porque el dinero se ha
convertido, por y gracias al judío, en el poder mundial, y el espíritu practico
judío, ha devenido el espíritu practico de las naciones cristianas. Los judíos
se han emancipado en el sentido que los cristianos se han vuelto judíos” (p.
586).
Jones
agrega: “la salvación, en otras palabras aun viene de los judíos, pero ahora se
trata de otro tipo de salvación – la utopía socialista – que viene de una clase
diferente de judío, el terrorista revolucionario subversivo… El Zar era
simplemente la ultima versión del Faraón” (p. 654). Esta mentalidad condujo al
otro ingrediente clave en toda revolución – el asesinato – y hubo muchos
ejemplos de cherem(la maldición que
les aplicaban a sus enemigos) y temas mesiánicos en el Antiguo Testamento, a
los cuales el judío oportunista pudo apelar para decretar un baño de sangre y
el final de un reinado de cinco siglos de la dinastía Romanov, con el Manifiesto Comunista de Kart Marx en
1848 como guía. El bolchevismo, sobre el cual Jones no deja dudas que fue
principalmente un movimiento judío cuyo objetivo era la destrucción de la
religión a nivel mundial y la deposición de la civilización cristiana (pp.
743-58) y del cual inclusive la publicación American
Hebrew dijo que fue “el producto del pensamiento judío, el descontento
judío y el esfuerzo judío de reconstruir” (pp. 747), había sido apoyado por los
conocidos banqueros judíos Rothschild y Schiff (pp. 731-37). Lo mismo comenzó a
suceder en Alemania. Ya en 1918 “los judíos llenaron el vacío luego del colapso
del Reich copando ‘las mas altas posiciones de autoridad’ en la Republica de
Weimar… que paso a ser conocida como la ‘Judenrepublik’… redefiniendo la
cultura alemana de manera tal que la mayoría de los alemanes encontró
repugnante” (p. 738). Uno de ellos, Eugene Levine, atacó a Eugenio Pacelli,
quien era por entonces un diplomático del Vaticano en Alemania y luego se
convirtió en Pío XII (p. 738).
A
esta altura del partido Jones nos da, justo a tiempo, una radiografía de Daniel
Goldhagen, el más prominente escritor judío en la actualidad liderando el
ataque contra Pío XII y acusándolo, junto a muchos otros críticos, de
“antisemitismo”. De acuerdo a Jones la apologética judía de Goldhagen en su
libro Los verdugos voluntarios de Hitler,
apuesta a que todo el mundo crea que “nada que los judíos hagan o dejen de
hacer puede causar que la gente los quiera o los deteste. Su comportamiento no
tiene efecto sobre el resto de la gente porque el hecho fundamental es un
irracional antisemitismo basado en un ‘milenario impulso que poderosamente
infectó y forjó la historia europea,’ en las palabras de Charles Krauthammer
(periodista judío del Washington Post).
Así es que el animus palestino contra
los judíos no tiene nada que ver con la manera en que los israelíes los han
tratado por décadas. Y los pogroms en Rusia en la década de 1880 luego del
asesinato del Zar no tuvieron nada que ver con la percepción que los judíos
estaban a la vanguardia del terrorismo revolucionario. Y el espectro del
bolchevismo que persiguió a Europa durante los años 20 no tuvo nada que ver con
el ascenso de Hitler al poder, porque nada causa el antisemitismo. Simplemente
existe. Sin embargo la historia nos dice algo diferente” (p. 743).
La
información que Jones brinda durante la siguiente docena de páginas justifica
la compra del libro. El lector encontrará citas de judíos como Elie Wiesel
quien dijo: “Tenemos que hacer una revolución, porque Dios nos lo ha dicho.
Dios quiere que nos volvamos comunistas,” y admisiones de conocidos periódicos
con el Chicago Tribune, el cual
publicó que el bolchevismo fue “un instrumento judío para dominar el mundo” (p.
752). Los campos de concentración, sostiene Jones, fueron la invención de
judíos soviéticos, no de Hitler (p. 757). Millones de cristianos, musulmanes y
oponentes políticos del bolchevismo fueron asesinados en el Gulag mucho antes
que existiera Auschwitz. De hecho, Jones da en la tecla en relación a la causa
principal de la subida de Hitler al poder – la amenaza que vio venir del
liderazgo judío en la Rusia comunista. Escribe Jones: “Hitler llegó al poder
porque convenció a una importante porción del pueblo alemán que judíos y
bolcheviques eran una y la misma cosa. El nacional-socialismo fue una reacción
contra el comunismo. La tesis de Goldhagen, que el antisemitismo no tiene nada
que ver con el comportamiento judío oscurece el entendimiento de gran parte de
la historia. Más coherente es Saul Friedlander quien declara que ‘el odio por
el comunismo jugó un papel más importante en la subida de Hitler que los prejuicios
antijudíos.’ Hitler estaba limitado por la asimilación judía y la aceptación
del pueblo alemán de este fenómeno; no podría haber dado vuelta a la gente
contra los judíos sin la amenaza bolchevique y la experiencia de la republica
soviética en Bavaria, a la cual se refería como ‘dominio judío provisorio.’ En Mein Kampf, Hitler escribió ‘en 1918 aun
no era posible hablar de antisemitismo programado. Todavía recuerdo las
dificultades que uno encontraba tan pronto como la palabra judío era
mencionada. Uno era mirado como si fuera loco o encontraba una tenaz
resistencia.’ En 1933 Hitler le dijo a Max Planck, ‘no tengo nada contra los
judíos qua judíos. Pero los judíos
son todos comunistas, y estos son mis enemigos, y es contra ellos que estoy
peleando.’ Como evidencia que el anticomunismo era mas fuerte que el racismo,
von Bieberstein cita a Hitler diciendo ‘‘Lieber sind mir 100 Neger im Saal,
als ein Jude.’ ‘Mejor cien negros en el salón que un judío.’ En su diario
personal del 10 de febrero de 1937, Hans Frank escribió ‘confieso mi creencia
en Alemania… que es en verdad la herramienta de Dios para exterminar el mal.
Estamos peleando en nombre de Dios contra los judíos y su bolchevismo. Dios nos
protege.’ Hitler siempre mantuvo que el judío era su enemigo principalmente
porque el judío sembraba la revolución. En una charla fechada el 7 de junio de
1944 aun mantenía que ‘sin judíos no habría revolución.’ El teórico nazi Alfred
Rosenberg dijo: ‘el bolchevismo es en esencia la forma judía de revolución
mundial… no existe algo así como bolchevismo sin judíos’” (p. 750).
Sin
embargo Hitler no fue el único en reconocer la “conexión judía”. El periódico
católico La Civiltà Cattolica, que publicó el artículo “La revolución mundial y
los judíos,” informó que el comunismo era “la perversión de una fantasía
semítica” que venia “de la raza judía” (p. 754). De hecho, muchos dignatarios
católicos entendieron que el comunismo era una herramienta muy efectiva de los
judíos para demoler la Iglesia Católica. Jones continua, “los obispos polacos
reconocieron en la furia bolchevique el ‘odio tradicional’ que los judíos
sentían por el cristianismo.” Los obispos emitieron una carta pastoral en 1920
declarando que “el verdadero objetivo del bolchevismo es la conquista del
mundo. La raza de la cual provienen los lideres bolcheviques… está dedicada a
subyugar a las naciones… especialmente porque dichos lideres (los judíos)
tienen en su sangre un odio tradicional hacia el cristianismo” (p. 753). El
Padre Erich Pryzwara, SJ, en su libro de 1926 Judentum und Christentum, citando a Martin Buber y a otros
pensadores judíos, ubica las fuentes de esta ideología en “las raíces del
judaísmo mesiánico,” concluyendo que “el judío ‘está impulsado a convertirse en
un incansable revolucionario del mundo cristiano debido a una necesidad
interna, está inducido a su tenaz activismo por sus profundas convicciones
religiosas, es en verdad el inagotable Ahasver’” (p. 753). Jones termina de la
siguiente manera: “El desorden social que siguió a la derrota en la primera
guerra mundial permitió al movimiento revolucionario conseguir su éxito mayor.
Los judíos pudieron vengarse de las tradicionales monarquías cristianas que los
habían perseguido. Los judíos, de acuerdo a Lerner ‘eran entusiastas promotores
del colapso de las comunidades tradicionales porque dichas comunidades
discriminaban contra los judíos.’ Stanley Rothman y S. Robert Lichter sostienen
que ‘el objetivo de los judíos radicales era alienar a los cristianos de sus
sociedades de la misma manera que los judos habían estado alienados de esas
mismas culturas.’ En 1849, en Israels
Herold, Karl Ludwig Bernays explica ‘los judíos se vengaron de un mundo
hostil de una manera completamente nueva… liberando a la humanidad de toda
religión y sentimiento patriótico.’ En la edición del 30 de noviembre de 1917
de la publicación Crónica Judía,
Trotsky fue descripto como ‘el vengador del sufrimiento y la humillación judía’
bajo los zares” (p. 753). Luego de
leer el arsenal de pruebas, tanto judías como gentiles, corroborando la tesis
que “judío revolucionario” alcanzó sus etapas finales de gestación en el
bolchevismo del siglo XX, un católico astuto puede dejar de preguntarse porque
Nuestra Señora apuntó a Rusia, y no a otra nación, como la amenaza satánica que
seria liberada sobre el mundo si su consagración no fuera hecha.
Intermitentemente
a lo largo de la segunda parte del libro, Jones mecha varios capítulos sobre la
relación entre judíos y negros en los EEUU (e.g. Cap. 14: Ottilie Assing y la
guerra civil norteamericana; Cap. 16: La redención del Sur y la NAACP
[Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color]; Cap. 17: El caso de
Leo Frank; Cap 19: Marcus Garvey; Cap. 20: Los muchachos de Scottsboro; Cap.
22: Lorraine Hansberry; Ch. 29: Las panteras negras). Debo admitir que no tengo
personal interés en este lado del debate, y como esta revisión es de longitud
limitada, voy a dejar dichos capítulos a lectores más entusiastas que quieran
enriquecer su conocimiento más aun. Es suficiente decir que, de acuerdo a mi
parecer, E.M. Jones presenta una catarata de hechos y análisis que solidamente
demuestra como el judío a menudo explotó al negro en beneficio propio, de la
misma manera que el Southern Poverty Law
Center (SPLC) continua haciéndolo en nuestros días. El SPLC es una
organización que no pierde tiempo en calumniar a críticos de tal opresión judía
con el mote de “antisemitas,” como el Dr. Jones bien puede atestiguar
personalmente (www.culturewars.com/2008/CUA.htm).
Jones
agrega datos interesantes a la cuestión, como la verdadera historia del Padre
Charles Coughlin, el cura canadiense de origen irlandés quien era oído por mas
de 30 millones de norteamericanos gracias a su programa radial The Golden Hour of the Little Flower
pero fue brutal e injustamente atacado por la prensa pro-judía como
“antisemita” (pp. 825-827); y la historia del General George Patton, quien
junto al Secretario de Guerra Henry Stimson, “protestó contra la influencia
judía en el las directivas militares” y ”una conspiración de banqueros
internacionales, lideres socialistas, judíos y comunistas…” (p. 830-31); así
también como contra la masiva ingeniería social y los planes de “sensitivity training” (N. de T.: termino
a veces traducido al español como ‘Capacitación de sensibilidad’) de la B’nai
B’ith y de la ADL para disuadir a la gente, incluyendo gobiernos, empresarios,
policía, etc., de manifestar cualquier tipo de critica a las ideologías y
políticas judías (p. 835).
Una
de las dimensiones más informativas e intrigantes del libro de Jones es la
atención que le presta a la caída de la influencia de la Iglesia Católica a
manos de ideólogos judíos, especialmente en los EEUU. Primero en el programa
estaba el esfuerzo para incrementar la ya amplia “separación entre iglesia y
estado” (una frase, incidentalmente, que fue “una ficción legal creada de una
frase en una carta de Thomas Jefferson” agrega Jones) mucho mas allá de los
limites que los creadores de la constitución tenían en mente. Mediante los
esfuerzos conjuntos de la alianza “WASP-judía”, el objetivo era impedir que los
EEUU se transformen en un “país católico,” y mientras mas grande la separación
entre iglesia y estado, mas exitosa seria esta campaña. La estrategia era
astuta. En lugar de que los judíos “se mantuvieran aparte como un grupo
diferente, seria mejor americanizar y asimilar lo mas rápido posible e insistir
en que el gobierno no debe apoyar la religión de ninguna manera,” escribió
Elliott Abrams, miembro de la administración de Reagan, casado con la hija de
Norman Podhoretz y Midge Decter, dos de los mas locuaces sionistas de los EEUU.
Esto no solo aisló a la Iglesia Católica, sino que, sintetiza Jones, “fue
equivalente a sumergir a los EEUU en el judaísmo. Los EEUU fueron redefinidos
en términos judíos, y la corte capituló a las redefiniciones talmúdicas de la
ley norteamericana durante el apogeo del activismo judicial norteamericano” (p.
837).
Jones
tiene un don para mostrar puntos críticos, y con gran habilidad informa que,
“el hombre con mas responsabilidad en la descristianización de la cultura
norteamericana fue Leo Pfeffer, del Congreso Judío Norteamericano (AJC), quien
de acuerdo al también miembro del AJC Murray Friedman, ‘aconsejó, planeó, e
impulsó mas casos iglesia-estado en la corte suprema de los EEUU que ninguna
otra persona en la historia norteamericana.’ La ‘revolución social’ de Pfeffer
comenzó con la decisión sobre Everson
en 1947 y culminó en el caso Lemon v. Kurtzman en 1974. La constante fue
siempre la animadversión de Pfeffer para con la Iglesia Católica… Friedman
presenta los casos de Pfeffer como una clara victoria para el punto de vista
judío. Los casos de Everson y McCullum, ‘en los cuales el comité,
la ADL y Pfeffer se unieron, fueron victorias cruciales’ porque revindicaron
‘la creencia de Pfeffer que los juicios podían ser una herramienta importante
para alcanzar los objetivos de los grupos judíos’ En reportes a sus miembros,
el AJC presento los logros de Pfeffer de una manera menos etnocéntrica,
declarando ‘que se había logrado una “revolución social” en relación a la
igualdad religiosa,’ sin embargo la palabra “revolución” mostró la hilacha.
‘Unidos ahora con la ascendiente elite intelectual y cultural judía,
protestantes liberales, y grupos de
los derechos civiles, los grupos judíos llegaron a jugar un papel muy
importante en la ‘descristianización’ de la cultura norteamericana.’ Solo los
católicos se quejaron, especialmente los jesuitas en su revista America. Friedman denunció ‘tales
criticas’ por ‘tener olor a antisemitismo,’ una frase que él usa para
desacreditar las opiniones que encuentra repugnantes.” (p. 838).
Un
nuevo movimiento nació con este nuevo consenso – los neoconservadores, o
neo-con, cuya etimología fue explicada cándidamente por David Brooks en el Wall Street Journal, al escribir, “neo
significa nuevo y con significa judío” (p. 1007). Los judíos se habían alejado
de sus raíces comunistas y el partido demócrata, y estaban buscando cimientos
mas fuertes para continuar su cruzada ideológica, mientras que al mismo tiempo
continuaban acorralando a la Iglesia Católica. Fue entonces cuando William F.
Buckley lanzó la revista National Review,
un “punto de encuentro para el nuevo conservadurismo” (p. 863). Como lo explica
Jones: “National Review fue creada
para destruir conservadurismos alternativos, especialmente aquellos
incompatibles con los favorecidos por el establishment
internacionalista en política exterior. National
Review usó el conservadurismo para movilizar ciertos grupos étnicos, en
particular a los católicos, a favor de las políticas gubernamentales. Fue
creada para colonizar ciertos grupos, para dividir y reinar, y luego hacer que
dichos grupos actúen contra sus propios intereses. NR fue creada para destruir el conservadurismo aislacionista. Los
conservadores que criticaron la transformación de los EEUU en un imperio fueron
demonizados y desacreditados” (p. 864).
Esta
postura era necesaria, por supuesto, ya que los papas Juan Pablo II y Benedicto
XVI habían condenado abiertamente la guerra en Irak, país en el cual,
casualmente, miles de católicos,
antes protegidos por Sadam Hussein, fueron luego asesinados o expulsados, de la
misma manera que sucedió en Nagasaki e Hiroshima. Jones va mas profundo aun,
citando lo sostenido por Murray Friedman en su libro ‘La revolución neoconservadora: los intelectuales judíos y el replanteo
de la política publica’ que “National
Review estaba gobernada por judíos” (p. 864). Buckley era simplemente uno
de los “goyische para la fachada,” rodeado de “de un circulo de judíos,”
incluyendo cinco judíos en el comité editorial, y otros como “Marvin Liebman,
un ex comunista que se volvió neo-con a través del sionismo, en particular
mediante la organización terrorista Irgun Zvai Leumi.” De hecho, concluye
Jones: “mucho de lo que se le atribuye a William F. Buckley fue el trabajo de
intelectuales y financieros judíos… nunca una gran mente, Buckley se apoyaba en
judíos para llevar a cabo las tareas pesadas… el trabajo de Buckley fue el de
promover un modelo para estudiantes católicos de universidades como Villanova y
Fordham allegados al grupo Young
Americans for Freedom (YAF). Su tarea fue destruir cualquier movimiento
conservador fuera de línea con el establishment
internacionalista y atacar furiosamente cualquier cosa que sonara ‘antisemita’”
(pp. 865-66).
Algunos
de esos pensadores judíos eran gente como Bill Kristol, hijo del icono necon
Irving Kristol. Como explica Jones: “Bill Kristol era parte de una joven y
agresiva generación de judíos neoconservadores educados para considerarse no
como forasteros, sino mas bien como destinados a recorrer los cuartos de poder
en Washington y a dominar el mundo” (p. 1053). Al final Jones dice:
“Rápidamente quedó claro que la palabra conservador se definía con cualquier
significado que los judíos le atribuyesen, y todo conservador que no estuvo de
acuerda fue expulsado de la sinagoga de organizaciones como la Philadelphia Society al ser catalogados
como antisemita… Inclusive los judíos filo-católicos de la National Review fueron incapaces de sobreponerse a su retórica de política
mesiánica revolucionaria, y no toleraron a ninguno en desacuerdo con su
entendimiento esencialmente talmúdico del movimiento conservador… El verdadero
movimiento conservador era judío, talmúdico, y revolucionario. O, como Friedman
lo expresa: ‘Meyer declaró, de una manera en que los judíos neoconservadores
adoptarían luego, que “una fuerza revolucionaria” había desvastado “la unidad y
la armonía de la civilización” (p. 867).
Mas
adelante, en los capítulos 24-32, es revelada información más sorprendente aun.
Para mi al menos, es la parte mas relevante del libro porque se refiera a la
etapa que he vivido durante los últimos 40 años, preguntándome que estaba
pasando con mi país, los EEUU.
Gracias a E.M. Jones, como dice la canción de Johnny Nash, “Ahora puedo
ver claro; la lluvia pasó, puedo ver los obstáculos en mi camino.” Como
apuntamos previamente a través de citas de autores judíos y gentiles, no es
ningún secreto que los judíos en su conjunto, con su conciencia mesiánica,
buscan restaurar la fama y fortuna que tuvieron en días pasados. Este parece
ser el motivo que los mueve, más que ningún otro. Cuando los católicos sepan
sobre estos secretos designios ideológicos, las cosas cambiaran, y este trabajo
apunta en ese dirección. Este libro no es meramente una lección de historia. Es
un desafío para influenciar los corazones y las mentes de los hombres,
católicos o judíos. Si después de leer este libro, el lector no toma una
posición definida, entonces no entendió una palabra del libro de Jones, o quizás
tiene miedo de aceptar la verdad en frente suyo.
Afortunadamente,
cada vez más gente está comenzando a entender. Durante el Concilio del Vaticano
II, Leon de Poncins vio el problema, y tuvo que educar a los 2300 obispos allí
reunidos con su escrito Le Problème Juif
face au Concile (El problema judío frente al Concilio). Poncins, usando
“textos de autores judíos,” presentó una documentación tan convincente
exponiendo la subversión y los subterfugios que los ideólogos judíos estaban
usando para influenciar el Concilio, que el Papa Pablo VI vetó la versión
original de Nostra Aetate, y ésta
existe hoy en día en una versión muy modificada (sin embargo, aun así, ha sido
consistentemente usada como “’un arma para destruir el tradicionalismo
católico’” [p. 934]). Poncins refutó la afirmación de Jules Isaac que “los
judíos son ‘el pueblo del Antiguo Testamento’ al mostrar que buscan no un Mesías, sino ‘un reino terrenal
en el cual ellos controlarán la vida social, económica y política de las
naciones… el Judaísmo busca imponerse como el único estándar y reducir el mundo
a valores judíos’” (p. 928). Como sintetiza Jones: “Desde la perspectiva judía,
el concilio del Vaticano fue simplemente una oportunidad mas en el objetivo
revolucionario de ‘rectificar al cristianismo,’ que incluía, de acuerdo a
Jehouda, ‘el renacimiento, la reforma, y la revolución de 1789.’ Como el rabino
Louis Israel Newman, Jehouda apoyaba todos los movimientos revolucionarios de
la historia desde la reforma protestante en adelante. El levantamiento comenzó
con Reuchlin, quien ‘sacudió la conciencia cristiana al sugerir ya en 1494, que
no había nada mas alto que la sabiduría hebrea.’ Al promover la cabala,
‘Reuchlin trataba de retornar a las fuentes judías,’ las cuales liberarían ‘el
nuevo espíritu que revolucionaria toda Europa’ y tomaría cuerpo en las
revoluciones de Francia y Rusia. La revolución francesa, de acuerdo a Jehouda,
‘continua poderosamente, a través de la influencia del comunismo ruso, a
descristianizar el mundo cristiano’” (pp. 929-30).
Lo
que se insinuaba en Roma se materializaba en los EEUU. Como Jones escribe:
“Comenzando en 1970, Time estaba en
la vanguardia anunciando el copamiento de la cultura norteamericana por parte
de los judíos. ‘Los EEUU,’ afirmaba Time,
‘se están volviendo mas judíos… Entre los intelectuales norteamericanos el
judío se había vuelto un héroe cultural.’ Time
cita al poeta Robert Lowell: ‘El centro de la literatura de hoy gira en trono a
los judíos, de la misma manera que giraba en torno al mundo occidental en los
años 30.’ Veinte años después, Time repitió la misma idea, ‘Los judíos
son noticia. Es un axioma del periodismo. Y es también indispensable, porque es
imposible de explicar porque lo que acontece en un pequeño punto del planeta,
Israel, atrae una cantidad desproporcionada de noticias alrededor del mundo’”
(pp. 996-997). El articulo en Time
fue precedido por uno articulo mas revelador aun en la revista Look, que se publicó “el 25 de enero de
1966, explicando ‘como los judos cambiaron la enseñanza católica’” (p. 934).
Esto fue retomado por Leo Pfeffer en un discurso en octubre de 1976 sobre “El
triunfo del humanismo secular,” donde “declaraba la victoria en la guerra
cultural y anunciaba que los judíos habían derrotado a los católicos luego de
40 años de guerra por la cultura americana. Los términos de la paz cartaginesa
impuestos a los derrotados católicos norteamericanos incluían aborto,
pornografía, la perdida del control de las universidades católicas, la
redefinición de la perversión, y la transformación del discurso” (p. 1000).
Desafortunadamente, Pfeffer está en lo correcto. La evidencia de un “copamiento
judío” es ahora demasiado obvia como para ignorar. Jones da muchos ejemplos
para probarlo. En la década de 1960, Yuri Slezkine argumentaba que “la
modernidad se trata de ‘desmantelar construcciones sociales para beneficio de
los individuos, el núcleo familiar y las tribus que leen libros (naciones). La
modernización, en otras palabras, es que todos se vuelvan judíos.’ Friedman
dice lo mismo. Los judíos transformaron la sociedad norteamericana luego de la
segunda guerra mundial, rehaciéndola a su semejanza. La vieja generación de
novelistas y poetas protestantes, muchos de ellos con serias reservas sobre la
modernidad (por ejemplo T.S. Eliot y Ezra Pound) inclusive si sus escritos eran
de cierto modo “modernos”, fueron reemplazados casi exclusivamente por
escritores judíos. Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald, Ezra Pound, and T.S.
Eliot, quienes fueron prominentes en la década del 20, fueron reemplazados en
los 50 por Saul Bellow, Aaron Copland, Leonard Bernstein, Philip Roth, J.D.
Salinger, Norman Mailer, Arthur Miller, Herman Wouk, Bernard Malamud, y Alan
Ginsberg. Leslie Fiedler se
refirió a este hecho como ‘el gran copamiento por parte de los escritores
judíos.’ Friedman dice que los judíos no solo escribían libros, también le
enseñaban a los norteamericanos como bailar (Arthur Murray), como comportarse
(Dear Abby y Ann Landers), como vestirse (Ralph Lauren), que leer (Irving Howe,
Alfred Kazin y Lionel Trilling) y como cantar” Irving Berlin, Barry Manilow,
Barbara Streisand)” (p. 919).
La modernidad también
trajo a Hollywood, que fue una puramente una “creación judía.” “Tevye trajo un
curioso cambio en la cultura norteamericana y en la identidad judía. A medida
que los judíos se volvieron más abiertamente judíos, el judaísmo se volvió mas
norteamericano, y los EEUU se volvieron más judíos. Fiddler on the Roof le prestó atención a los pogroms pero nunca
mencionó las conexiones entre el asesinato de dos Zares y el surgimiento del
judío revolucionario en Rusia… porque por ese entonces Tevye vivía en el lower East Side de Nueva York” (p. 290).
El intelectualismo judío trajo cosas como “Freud, se convirtió en una ‘religión
de salvación,’ incluyendo sacerdote y textos sagrados. Los clérigos se
volvieron terapeutas, y los terapeutas se volvieron clérigos, y los EEUU se
convirtieron en lo que Philip Reiff denominó el estado terapéutico. “El culto a
Freud, un fenómeno predominantemente judío, proclamaba que la atribulada
soledad de los nuevos “emancipados” era una condición universal.” Jones cita a
Reiff, quien agrega: ‘para muchos judíos, la psicología y Freud representan el
camino hacia una Norteamérica mas sofisticada y cosmopolita; para muchos católicos,
Freud era sinónimo de herejía y alejamiento de valores religiosos
fundamentales.’ Y Jones concluye: “Una vez que la psicología reemplazó a la
religión, las divisiones étnicas no fueron ya validas, y el judío, se convirtió
en un genio y la guía para todos en el mundo ‘moderno’” (p. 921). Los efectos
deletéreos no se hicieron esperar. El punto de vista católico – como referente
del cristianismo – fue puesto cabeza abajo. Jones muestra las consecuencias:
“La redefinición de la psicología fue una revolución en el sentido mas puro de
la palabra… la definición de enfermedad mental cambió de pasión descontrolada a
pasión reprimida. La liberación de la pasión sexual de los confines de la razón
se dio paralelamente con el desarrollo por parte de los judíos de la
pornografía y la lucha contra la prohibición de desnudos en los films de
Hollywood. La captura de la psicología por parte de los judíos resultó en el
control de la cultura…” (p. 921).
Luego que Freud se
desvaneció, otros magos de la psicología tomaron su lugar, y vinieron
mayoritariamente de círculos intelectuales judíos. Es de notar la constante
“revolución” que Jones desenmascara en su obra: “El conductismo (N de R. behaviorism en ingles) fue el refugio de
estudiantes de religión que abandonaron la religión. La tercera vía de Erich
Fromm, Carl Rogers, y Abraham Maslow fue menos agresivamente atea pero aun
retuvo la animosidad judía hacia el simple goyim,
quien necesitaba ser liberado de la represión… ‘Fromm quería reconectar los
ideales seculares judíos con los principios “revolucionarios” de sus
ancestros’… Abraham Maslow pensó cambiarse el nombre para no ser identificado
fácilmente como judío, pero decidió no hacerlo porque ’el hecho de ser judio
ayuda a la independencia intelectual e inclusive empuja a la rebeldía.’ Como
Carl Rogers, Maslow retomó la investigación de Kart Lewin sobre dinámica de
grupo y la relanzó como un arma contra los ingenuos goyim. En april de
1962, Maslow les dio una conferencia a las monjas del Sagrado Corazón, un college católico de mujeres en
Massachussets. Maslow anotó en su diario que la charla había sido ‘exitosa,’ y
por lo tanto preocupante. ‘Ellas no deberían aplaudirme,’ escribió, ‘ellas
deberían atacar, si realmente entendieran lo que yo estaba haciendo, deberían
atacar’” (p. 922).
Mientras que Freud,
Fromm y Maslow estuvieron confinados a libros y universidades, sus visiones
humanísticas penetraron en la televisión en los 60, validando la postura de
Jones que “bajo la influencia judía, la psicología norteamericana se volvió
talmúdica” (p. 922). Joyce Brothers dirigía “una horda de columnistas judías,
quienes popularizaron la psicología judía en los medios de comunicación,
contribuyendo al declinar de la moral sexual y la llegada del feminismo” (p.
933). En la década del 70, citando a Heinze, ‘si una mujer tuviera que ser la
consejera psicológica de los norteamericanos, casi seguro que seria judía.’
Jones continua: “Las gemelas judías de St. Paul, Minnesota, Esther Pauline
Lederer y Pauline Esther Phillips, se convirtieron en las consejeras
columnistas Ann Landers y Abigail Van Buren. Invariablemente aconsejaban
‘buscar consejo’ cuando algún lector atribulado venia con un problema de
moralidad sexual. Junto a Joyce Brothers contribuyeron a la caída de la moral
norteamericana mediante la psicologización de comportamientos que anteriormente
habían sido considerado bajo la orbita de la fe y la moral. Estos consejeros,
mayoritariamente judíos, se volvieron luego expertos en persuadir a los goyische norteamericanos que ignorasen
sus conciencias y lo que sus pastores les decían, y que se volcaran al
racionalismo talmúdico, instigada por los psicólogos. Cuando los consejos y la
formación comenzaron a venir de programas de radio, los judíos se metieron
también allí. El programa de consejos por radio mas famoso fue el de Laura
Schlessinger…” (p. 923).
“En poco tiempo” relata
Jones, “los goyim sintieron la
necesidad de imitar a los judíos si querían actuar o ser publicados. El control
judío de los medios de comunicación comenzó con el arte en la década del 30,
cuando, de acuerdo a Bloom, ‘Cole Porter… decidió que necesitaba embeber su
arte en el ascendiente carácter judío de la música popular norteamericana –
para escribir “tonadas judías” como las de Jerome CERN, Richard Rodgers y George
Gershwin’” (p. 983). En uno de los
descubrimientos más astutos de jones, agarra inadvertidamente al humorista
judío Philip Roth in fraganti de
manera que se puede ver claramente quien y que esta detrás de la
comercialización de la navidad y la pascua. Hay que leerlo detenidamente. Este
es uno de los muchos momentos en que el lector exclama “aha!” leyendo el libro
de Jones. Continua Jones “en Operation
Shylock, Philip Roth aduce que tomó las ideas de subversión cultural de
Irving Berlin: ‘en la radio se escuchaba “Desfile Pascual” y pensé… esto es el
genio judío, a la altura de los diez mandamientos… Dios le dio a Moisés los
diez mandamientos, y a Berlin le dio “Desfile Pascual” y “Navidad Blanca”. Las
dos fiestas celebran la divinidad de Cristo – la divinidad que es la verdadera
causa del rechazo judío al cristianismo - ¿y que es lo que hace Irving Berlin
tan brillantemente?” Las descristianiza. A la pascua la transforma en un show
de moda y a la navidad en un feriado con nieve… este es el cristianismo purificado
de odio a los judíos’” (p. 984). Luego de leer esto uno no debería sorprenderse
que “Milton Berle compitió cabeza a cabeza con el obispo Fulton Sheen en los
horarios pico de TV y perdió. Cincuenta años mas tarde, Bloom expresa
lacónicamente, ‘programas como el de Sheen ya no se transmiten en los horarios
picos en TV, y ni siquiera en la TV por cable.’ Han sido reemplazados por ‘los
shows de muchos judíos graciosos, como Seinfeld, Paul Reiser, Fran Dresher,
Richard Lewis, y Jenna Elfman,’ por no mencionar al inefable Howard Stern, cuya
‘conquista de la TV por cable y la radio, del cine y las librerías, marca para
bien o para mal la inequívoca llegada del humor judío’ y también del triunfo
del la degeneración sexual judía… Para su entretenimiento nocturno el
norteamericano promedio podía elegir entre la pornografía de Hollywood o las
guerras de los neoconservadores en medio oriente” (p. 985).
En ningún campo ha sido
la ideología judía mas prevalerte que en el aborto y el sexo. Con su única y
directa honestidad, Jones relata que, “el movimiento a favor del aborto era
parte de la revolución sexual. La revolución del aborto fue sin embargo única.
Coincidió con el ascenso a la prominencia cultural de los judíos en EEUU luego
que se destruyera el código de producción en Hollywood y la guerra
árabe-israelí de los seis días, cuando en la opinión de los WASP del
departamento de estado, Israel se había convertido una ventaja estratégica en
relación al objetivo norteamericano de asegurar petróleo en medio oriente… Los
judíos estuvieron en la vanguardia del movimiento pro-aborto del mismo modo que
estuvieron en la vanguardia del bolchevismo en Rusia y de la pornografita en
los EEUU. El movimiento para abolir las leyes antiaborto en Nueva Cork fue
básicamente un movimiento judío, que se consideraba a si mismo una fuerza
revolucionaria contra el oscurantismo del cristianismo en general y de la
iglesia católica en particular. El movimiento no era exclusivamente judío, pero
no podría haber sobrevivido o triunfado sin el liderazgo judío” (p. 943).
Obviamente, esta era
simplemente otra etapa en la “revolución” que los judos estaban perpetrando a
la sociedad. Una vez más, Jones revela esta palabra clave en los escritos de
los activistas judíos pro-aborto. Antes de su conversión al lado pro-vida,
“Bernard Nathanson consideraba al aborto como un acto revolucionario y… él se
consideraba un revolucionario por el hecho de ser judío… se volvió, en sus
propias palabras, ‘un soldado de la revolución’” (p. 942). El odio judío por la
iglesia católica aparece en estas instancias de manera innegable. “Poco después
de entrevistarse con Nathanson, Lader explicó su estrategia de legalizar el
aborto atacando a los católicos. Las fuerzas pro-aborto tenían que ‘arrastrar a
la jerarquía católica a un área donde podía ser combatida. Ese es el verdadero
enemigo. El único y gran obstáculo a la paz y a la decencia a lo largo de la
historial’” (p. 943). Tanto las tácticas utilizadas, como el acto mismo del
aborto, no podían ser clasificadas sino como diabólicos. “Lader trajo a Betty
Friedan [autora de La mística femenina]
a NARAL (organización pro-aborto), ella trajo consigo las tácticas comunistas
que había aprendido de joven en el partido. Hacer creer que las mujeres,
indistintamente de su etnia, apoyaban el aborto fue una ‘táctica brillante’”
(p. 944). “Luego,” Jones cita a Nathanson, ‘se montó la escena… para usar al
anti-catolicismo como instrumento político y para manipular a los católicos
dividiéndolos mediante rencillas internas.’ NARAL proveería a la prensa
‘encuestas ficticias designadas para hacer creer que los católicos
norteamericanos estaban abandonando la enseñanza de la Iglesia en masa’” (p.
944). Jones agrega: “Muchos auto-declarados ‘judíos’ continúan hoy en día al
frente del movimiento pro-aborto y, mas triste aun, ‘rabinos,’ proclaman que el
aborto no es solo necesario, sino también una cosa buena para los EEUU,” y
luego Jones nos brinda dos paginas completas de estadísticas para probar lo
afirmado (pp. 1041-42).
Uno podría sorprenderse
de cómo los neoconservadores judíos se las ingeniaron para suprimir la
oposición tradicional al aborto representada por los evangélicos y otros grupos
conservadores. La perspicaz estratagema usada tan bien en el pasado en otros
rubros, fue usada ahora para menguar la resistencia al aborto. En 1992, “los
neocons, quienes se habían llamado a silencio en el tema aborto, el tema
político principal para los conservadores católicos, finalmente rompieron su
silencio y dijeron que, comparado a la supervivencia de Israel, el tema del
aborto era de poca o ninguna importancia. Lo mismo se aplicó, con algunas
excepciones, a la homosexualidad, el otro gran ‘tema social’ el cual motivaba
tanto a católicos como a evangelistas” (p. 1038). La ironía de recordar
memorias del holocausto para poner en segundo plano los problemas del aborto y
la homosexualidad dentro de la plataforma del partido republicano es que los
activistas pro-vida habían acuñado la frase “el holocausto americano” en un
folleto mostrando el aborto de mas de 40 millones de bebes a partir de 1973, el
año del fallo Roe vs. Wade. Como indica Jones: “un volante titulado ‘¿Quien es
responsable del holocausto americano en California?’ revelaba nombres que eran
casi exclusivamente judíos” (p. 1024). De cualquier manera, la retórica del
holocausto funcionó bien, especialmente incitando movidas contra los vecinos
árabes de Israel, en particular Irán. Durante una reciente conferencia de
AIPAC, inclusive una joven estudiante judía, Alice Ollstein, percibió el
mensaje subliminal. En lo que ella llama “una atmósfera de miedo y urgencia
cuidadosamente creada” notó que ‘todo fue armado para persuadir a la audiencia
que otro holocausto es inminente… a menos que ataquemos primero’ (p. 1068). No
es de sorprenderse que el comentarista judío Gilad Atzmon dice que
organizaciones como AIPAC y la ADL ‘son excelentes en generar odio contra los
judíos’ (p. 1069).
Respecto
a las costumbres sexuales, la influencia de judíos seculares ha sido más
deletérea aun. Como lo expone Jones: “cuando la mayoría de los judíos
norteamericanos se definieron a si mismos como degenerados sexuales, la
pornografía, junto a los derechos homosexuales, el feminismo, y el culto al New Age, se volvieron la expresión
natural de su visión del mundo. El hecho de controlar Hollywood les permitió
hacer normativa su visión de la cultura. La animadversión natural contra la
cultura mayoritaria combinada con el declinar de la moral condujo a ‘los
defensores de Woody Allen’ [un termino acuñado por el Rabino Dresner] a la pornografía
como técnica de guerra cultural” (p. 1031). El avance del aborto y la
pornografía no vienen de la nada. Sus causas o consecuencias son muchas
perversiones sociales, como la inseminación artificial, madres substitutas,
anticoncepción, masturbación, pedofilia, embarazos adolescentes, divorcia,
adulterio, esposas golpeadas, incesto, bestialidad, homosexualidad,
lesbianismo, investigaron de células madre embrionarias, enfermedades de
transmisión sexual, etc. Esto es el resultado de muchos factores, desde Sigmund
Freud y su objetivo de liberar el deseo sexual, a Benjamín Spock (quien fue
educado en una institución pediátrica judía y su única hija se suicidó; y quien
fue inmortalizado en Viaje a las
Estrellas con el personaje del mismo nombre). Las reglas católicas, en
contraste, son muy simples, y si se siguen con precisión, conducen a una vida
plena y feliz: el matrimonio es la alegría de procrear hijos para Dios, y el
sexo fuera del matrimonio esta prohibido, sin excepciones.
Como
se dijo anteriormente, los judíos sabían que al crear un abismo entre “la
separación de la iglesia y el estado,” tendrían la buscada razón para volcar
sus ideas revolucionarias encima de aquellos que construyeron la nación con
libertad de prensa. Citando al referente judío Irving Kristol en su libro de
1995: Neoconservadurismo: La
Autobiografía de una Idea, Jones revela que, como el humanismo secular, la
pornografía fue percibida como ‘buena para los judíos’ porque esta ‘“permite a
individuos judíos una igualdad cívica y de oportunidades solo soñada por
previas generaciones judías. Es natural entonces para los judíos
norteamericanos no solo aceptar las doctrinas del humanismo secular, sino
también ser sus entusiastas defensores. Esto explica porque los judíos en EEUU
son tan insistentes y determinados en remover todos los signos y símbolos de
religiones tradicionales de la “esfera publica,” en que la religión sea meramente un “asunto privado,” en que
la separación de la iglesia y el estado sea interpretada como la separación de
todas las instituciones de cualquier signo que las conecte con religiones
tradicionales. La expansión del humanismo secular en los EEUU ha sido ‘”buena
para los judíos,” sin duda alguna. Así es que mientras mas mejor.”’ (p. 1034).
Jones
también muestra que cuando alguien expone la participación judía en esta
degeneración, acusaciones de anti-semitismo vendrán pronto. “Cuando el
periodista británico William Cash escribió sobre el control judío en Hollywood
en la edición de octubre 1994 de la revista Spectator,
Hollywoody y sus soldados en el mundo académico reaccionaron con ira al limite
de la histeria. En Los Angeles Times,
Neal Gabler, autor de An Epire of their
Own: How Jews Created Hollywood, ataco el articulo de Cash como
‘antisemitismo proveniente de un reaccionario’ (p. 1035). Con su habitual
proclividad a sintetizar la situación en pocas palabras, Jones concluye “el
candor de William Cash y Joe Breen a cerca de Hollywood muestra que la batalla
sobre la sexualización de la cultura norteamericana fue una batalla entre
católicos y judíos. Desde 1934 a 1965, los judíos de Hollywood fueron forzados
a reprimir su ‘actitud permisiva’ en las películas que producían. La era dorada
de Hollywood no fue un esfuerzo conjunto; fueron los católicos salvando a los judíos
de sus peores instintos. Los católicos perdieron, con terribles consecuencias
para la nación. El tipo de judío representado por el rabino Dresner declinó,
mientras que el tipo representado por Woody Allen se elevó hasta convertirse en
icono cultural. Los católicos perdieron la guerra cultural porque aceptaron
valores judíos sobre sexualidad representados por Woody Allen, de la misma
manera que habían aceptado valores WASP sobre anticoncepción” (p. 1036).
El
chutzpah judío se manifestó más
fuerte que nunca, como cuando Al Goldstein, el judío editor de Screw (N. de R. revista pornográfica) en
una entrevista con Luke Ford explicó porque tantos judíos abundan en el negocio
de la pornografía, “la única razón por la cual los judíos están en la
pornografía es que nosotros pensamos que Cristo es una mierda. El catolicismo
es una mierda. No creemos en autoritarismo” (p. 1056). Pero hay una razón mas
practica que explica el porque de la predominancia judía en pornografía, ésta
representa un medio para la revolución. Como el mismo Luke Ford admite: “‘¿Por
que la pornografía atrae tantos judíos?’ Porque ‘inclusive cuando los judíos
viven en una sociedad que los acepta en lugar de maltratarlos, muchos judíos
odian la cultura de la mayoría.’ La pornografía debilita la cultura de la
mayoría mediante la subversión moral. Los judíos a menudo son pioneros en
aplicar nuevas tecnologías. Usaron fotografía de alta resolución, VCR, e
Internet para distribuir pornografía, de la misma manera que emplearon
dinamita, falsificaciones, y contrabando para destruir a la Rusia zarista” (p.
1055).
Jones
es cuidadoso en señalar que estos pecadillos sexuales no aplican a todos los
judíos o a toda la cultura judía. La larga descripción de la oposición del
rabino Samuel Dresner a la cultura judía degenerada es valiosa (ver capitulo
31: “La captura judía de la cultura norteamericana”). En un pasaje del libro Jones cita al libro de autoría judía Bookleggers and Smuthounds: The Trade In
Erotica 1920-1940, el cual dice: ‘mientras que pocos judíos eran radicales,
muchos radicales (y pornógrafos) eran judíos. Como escribe Ernest van den Haag,
autor no judío, en La Mística Judía,
“Cinco de cada cien judíos pueden ser radicales, pero cinco de cada diez
radicales son probablemente judíos” (p. 1056).
En
el epilogo, La Conversión del Judío
Revolucionario, Jones ata varios cabos sueltos a cerca de la definición y
la aplicación de los términos judío, antisemita, sionista, y lo que representa
el espíritu judío (Jewishness). Vale la pena leerlo más de una vez. También da
su opinión sobre el futuro de los judíos e Israel. Reconoce que, al final de
todo, esta es una batalla espiritual. Es una batalla por quien conquistará el
alma judía – Cristo o el demonio, “el derrumbe final de la resistencia judía al
Logos ocurrirá cuando [los judíos] hayan alcanzado el pináculo de poder
mundial. Nunca durante los últimos 2000 años los judíos tuvieron mas poder que
ahora. Los judíos poseen Jerusalén y, de acuerdo a ciertos reportes, planean
reconstruir el templo, tornando factible la hipótesis que ésta es la ultima
etapa en la batalla sobre quien controlara el alma judía” (p. 1073).
La
única parte del libro en la cual disiento con el Dr. Jones es sobre su
creencia, también bastante popular entre grupos católicos, de que antes del
retorno de Cristo seremos testigos de una gran conversión por parte de los
judíos (pp. 1073-1074). Luego de un extenso estudio del tema durante los
últimos 35 años, llegué a la conclusión que hay muy poca o ninguna evidencia
para sostener tal afirmación. Al igual que la dudosa creencia entre muchos
padres de la iglesia que los “hijos de Dios” en Génesis 6:2 fueron ángeles
caídos quienes cohabitaron con mujeres humanas de su elección, la idea que
sobrevendrá una masiva conversión de judíos en un futuro distante debido a los
esfuerzos apostólicos de Enoch y Elias resucitados, está basada en mas que
dudosas fuentes teológicas. Fue una idea que comenzó con la escatología
quiliastica de los primeros padres de la iglesia (e.g. Irineo, Justino) ya que
ellos creían que un gran número de judíos conversos serian necesarios para
gobernar durante el reino de Cristo de 1000 años en la tierra, también llamado
“milenarismo.” Pero luego de que la iglesia católica rechazó oficialmente el
milenarismo en el Concilio de Efesos (un rechazo luego afirmado por Pio XII),
la teoría de la “conversión en masa de los judos” perduró en posteriores
escrituras patrísticas, aun cuando la nueva escatología anti-quiliastica de San
Agustín no la tenía en cuenta. El único pasaje del evangelio que citan los
sostenedores de la teoría de la futura conversión de los judíos, es Romanos
11:25-26, pero como la historia de la interpretación evangélica demuestra, ni
un solo teólogo patrístico o de la edad media realizó una exégesis completa del
pasaje para demostrar que tal conclusión puede ser lógica y solidamente
derivada de esos versos. Para mayor información en este tópico, recomiendo leer
mi articulo de 37 paginas titulado: “¿Retornarán Enoch y Elias a predicar a los
judíos?” en sitio web (http://catholicintl.com/catholicissues/enoeli.pdf).
Finalmente,
quisiera agradecer y felicitar al Dr. Jones por un libro verdaderamente fuera
de serie, un libro que era necesitado desde hace mucho tiempo y debe ser
clasificado como uno de los mejores de todos los tiempos.
mayo 2008
| Home | Books | Tapes/CDs | Subscribe | Write Letter to Editor | Events | Donate |
Culture Wars • 206
Marquette Avenue • South Bend, IN 46617 • Tel: (574) 289-9786 • Fax: (574)
289-1461
Copyright